AL ENCUENTRO DE LA LIBERTAD

 

María Teresa Barros R.

El sonido del viento sería el único testigo imparcial de lo que en el patio 23 iba a acontecer. Frente al hombre, el grupo de fusileros, atento a las órdenes del superior, parecía un muro de acero impenetrable esperando la voz de mando.

Armando Ventura no sentía las piernas. El hormigueo de la muerte se había ido apoderando de él hasta paralizar su sangre. La vida le estaba cerrando la puerta y entre las bisagras rechinaba el pasado sumergiéndolo en un estado de completa indefensión. Como una película en cámara lenta revivió los instantes previos a su detención.

Sus amigos se habían adelantado cubriéndolo con sus espaldas, pero una mano salida de la nada lo alcanzó en una de las piernas y lo fue arrastrando, entre el humo de las bombas lacrimógenas y las voces de muchos que trataban de ser escuchados, hasta un carro sin ventanas. En adelante sólo los barrotes serían sus compañeros, sus ideales morían junto a sus amigos y esta vez él no podía hacer nada.

En el patio 23 el aire se le hacía irrespirable. Su rostro de un pálido color azulado carecía de expresión, sus ojos pintados de resignación escondían en su interior el temor a lo que tendría que pasar, pero no era un temor a la muerte, al fin y al cabo igual tenía que morir algún día, lo que sentía obedecía a un sinnúmero de actividades que aún tenía pendientes, como terminar su libro, pero prioritariamente su más ardiente deseo: alcanzar la libertad, volar más allá de los barrotes y liberar al mundo de las cadenas que oprimían al hombre.

La voz de mando sonó como un latigazo en medio de los últimos rayos de sol.

¡Atención…! Las puntas metálicas apuntaron al cielo como rogando clemencia a un dios que bien sabían estaba lejos de consentir los acontecimientos. El Dios que él asía con fuerza en su corazón, que siempre estuvo presente en sus muchas dificultades y que ahora lo llamaba a su lado, no por gusto propio, por órdenes de quienes se consideraban superiores a cualquier voluntad.

Esta vez una sensación de vértigo recorrió su cuerpo. El sudor le había mojado los pantalones, las manos amoratadas por las amarras parecían como si se las hubieran quitado y en su lugar le hubieran puesto un caldero de agua hirviendo.

¡Apunten…! El hombre, pendiente de la última palabra que perforaría su cuerpo, tensó los músculos apretando con fuerza las mandíbulas. Su corazón latía con el ímpetu de los tambores de guerra, mientras el sonido del silencio otorgaba al ambiente un olor a muerte. En una fracción de segundos toda la vida de Armando Ventura se rebobinó hasta sentir sólo las risas de su infancia. ¡No me sueltes, me puedo caer del caballo! y se apretaba a la cintura de su hermano. ¡Más rápido, quiero sentir el viento galopar junto a nosotros! y reía mientras devoraban el camino. A los ocho años la vida le parecía hermosa, tenía su pequeño mundo, abriéndose a nuevas experiencias. Miraba al cielo y quería volar junto a los pájaros emigrando a zonas más templadas. Pero su niñez voló rápido alejándolo de la infancia antes que sus amigos y cayó en un torbellino de cortas pero intensas experiencias. Las alejó de sus pensamientos, sólo quería retener en esos momentos la felicidad que sentía cuando galopaba junto a su hermano. Pero las imágenes, más poderosas que su voluntad de alejarlas, se agolparon formando un ovillo de recuerdos.

La universidad, la iglesia, nuevamente la universidad y la iglesia, un círculo donde su vida transcurría llena de sobresaltos como esa vez cuando saliendo en defensa de un grupo de estudiantes terminó por dormir dos noches en la comisaría y no de la mejor manera. El rostro de su esposa, estudiante como él, esperándolo a la salida una y otra vez, ahí, parada, sin preguntar, sin contradecirlo, apoyándolo en sus ideales y en su lucha. Ahora estaría en algún lugar, pero cerca, observando con sus ojos melancólicos cómo él, Armando Ventura emprendía su último viaje.

¡Fuego! Un segundo, un instante detenido en el aire del patio 23. Las balas iniciaron un recorrido lastimando los sueños, agrietando el silencio de la tarde. En ese preciso momento cuando todo estaba ya destinado, Armando Ventura desprendiéndose de las amarras, movió sus brazos haciendo un círculo perfecto alrededor de su cuerpo, toda su atención pendiente de lo que estaba haciendo. Y fue en ese instante que dos largas alas de luz se desplegaron de sus brazos oscureciendo el resto de sol que quedaba y comenzó a elevarse dejando atrás la masacre del patio 23, las cadenas y la opresión. En un vuelo sin regreso, Armando Ventura al fin pudo cabalgar en las ancas de la libertad.

 

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