VUELO CARMESÍ .

Cuento
por Inés Zeiss Castillo
"...En el lejano horizonte del sur, lila y brumoso, alguien distinguió una bandada de pájaros..."
Del poema " Los pájaros errantes" de Pedro Prado.Muy temprano, el "Rucio" abandona la soledad de aquella casa y voltea la cabeza para mirarla... nadie en la puerta despidiéndolo, ningún rostro de niño en la ventana.
Su cansancio de viejo lobo de mar le hace caminar pesadamente al encuentro de "La Gaviota" su cúter, compañero de tantos viajes ya apergaminados por la sal y el viento.
Las aguas lamen la quilla de la embarcación y su velamen parece dibujar en el viento un canto de libertad.
Extrañamente, los momentos en el mar traen al hombre los goces aprendidos con el tiempo. Recónditos olores y sabores vuelan a él desde los canales australes, y ahora se adhieren a su piel, como si el Estrecho que otea el horizonte le deparara algo inusual...
A lo lejos, el viento esconde una nube rosada en otra muy blanca. Siente en sus manos la suavidad del vellón recién esquilado, que alguna vez trajo su padre, abrigando las doloridas noches de hambre y frío.
Su cuerpo no volverá a experimentarlas, y esa alma endurecida entre la tierra y el mar alojará esta vez sólo los momentos de regocijo, como el que advierte al mirar aquella nube...
Los ojos del Rucio ya no son los mismos, sin embargo ¡su corazón crepita como un leño encendido!
¡No cabe duda, esa nube rosada son los flamencos del lago San Damián! ¡Después de tantos, tantos años, ellos han vuelto!
Aquellas aves olvidadas por los habitantes del lugar, han elegido nuevamente la albura las montañas que será testigo del sello sagrado de la naturaleza.
El hombre mira hacia estribor, la embarcación se balancea ahora en el suspiro del recuerdo.
El agua le devuelve su imagen y la de otros niños que corren hacia el borde del lago. A lo lejos las aves vuelven a lo desconocido. Y los muchachitos raudos recogen las plumas que allí quedan, anaranjadas, rosadas, carmesí. ¡Cómo le gustaban aquellas!
Su amigo el "Caiquén", unta las camisas con la mezcla de agua y harina que trae en un tarro para pegarlas, jadeantes en la cima de la colina, y el correr de todos hasta el borde del lago...
— ¡Estoy volando! ¡Estoy volando! — gritan incansables agitando sus brazos.
Sus voces y risas recibidas por el velo de las montañas repiten en su eco la alegría de aquellos pequeños...
Las aves en las cercanías, parecen traer a los amigos que se fueron junto al arpón del tiempo. El "Caiquén", se embarcó en una nave extranjera y no volvió a verlo. Sólo queda el "Centolla", que muchas veces pasa junto a él, sin reconocerlo.
Su mirada se dirige a la nube rosada que está allí, encima de él. En su vuelo majestuoso, un flamenco rosado-carmesí pasa sobre el cúter, casi rozándolo. En un íntimo recodo de su pensamiento, el Rucio, cree ser reconocido por este, como uno de los niños del lago San Damián...
Las voces de todas las aves se unen a su risa, un círculo colorido le rodea, y plumas parecen cubrirle los brazos como en aquellos días de juego.
Es tanta su felicidad que el anhelo de volar lo posee lentamente. Comienza a mover sus brazos adoloridos, un poco más rápido, ahora semeja un ave emprendiendo el vuelo. ¡Estoy volando, estoy volan...! y su voz se sumerge para siempre en el grupo de flamencos.
Meses más tarde, una gran nube rosada carmesí pasa sublime en dirección desconocida. Los ojos brillantes de uno de ellos, recorren una playa perdida en los canales australes. Apartándose del grupo, vuela sobre de los restos de un cúter dormido en sus arenas y una pluma carmesí se desliza hacia el velamen blanco...como una lágrima de despedida.