Hermoso día.

Cuento por

Pablo Tello Rosales.

El túnel era salpicado por los destellos de luces , breves segmentos de luminosidad se reflejaban fugazmente sobre los vagones. Un rítmico y rápido traqueteo acomodaba rutinariamente a los pasajeros, cientos de personas se sumaban incesantemente cada 5 minutos a la digestión voraz del Metro de Santiago.

Esta ingente masa sin voluntad propia ,era solo movida por la inercia de un sentido de traslado , que cruzaba repetidamente los umbrales de molinetes y puertas automáticas.

La pesada y cadenciosa rutina sumergía a la gente en un sopor insoportable, día tras día, hora tras hora. Los sube y baja de pies y manos era una línea continua como los de un monitor cardíaco con un paciente recién expirado.

Una lacónica y metalizada voz, repetía como un rezo diario los avisos de las estaciones.

¡Estación Salvador!, ¡Estación Baquedano!, ¡Los Héroes combinación línea 2,etc, etc… eran el mantra diario de los conductores de los trenes y el alimento espiritual de los apagados seres humanos.

Semana tras semana, día tras día, hora tras hora, vida tras vida.

Un día cualquiera en una hora inespecífica, la masa inerme experimentó un cierto desasosiego al escuchar:

¡Estación Moneda! ¡Feliz santo las Saras y que tengan un hermoso día!

Los rostros demudados por la incredulidad hicieron espejo con sus ojos al mirarse unos a otros con cara de pregunta.

¿Y eso?, ¿lo escuchaste?, preguntaban algunos.

¡Debe ser nuevo! Comentaban otros.

¡Apuesto que lo echan! concluía un tercero.

El murmullo continuó hasta diluirse pensando que sólo había sido una humorada de un conductor nuevo pero minutos y estaciones más tarde se volvió a escuchar la prístina voz del conductor.

¡Estación Escuela Militar! Todos los pasajeros deben descender. ¡Feliz santo las Saras y que tengan un hermoso día!

Esta vez los pasajeros sonrieron, y los comentarios cambiaron.

¡Mira que simpático!, decían unos ancianitas.

¡Humm! ¿Qué edad tendrá? Pensaban las más jóvenes.

¡Está loco! ¡insisto que lo van a echar!, repetía un incómodo pasajero.

Hora tras hora, día tras día hasta completar una semana la oración cambiaba y gustaba.

¡Estación Pajaritos!, combinación buses interurbanos ¡Feliz santo los Pablos y que tengan un hermoso día! etc. etc.

La voz infundía ánimo y el término "hermoso día" pasó a suplantar el lenguaje rutinario de los pasajeros y los dichos de los escolares que viajaban.

La semana se transformó en dos, y los vagones continuaban con su preciosa carga. Pasajeros que se repetían en las variadas estaciones, pasajeros nuevos que esperaban el original saludo del conductor, pues ya el rumor se había esparcido.

Ciertas damas comentaban

¡Ay niña! ¡no va a durar mucho, pero es entretenido!

Otros opinaban

A lo mejor es una estrategia de marketing para captar más clientes.

¡Tú estás loco! le replicaban ¿de que marketing me hablas? ¡el metro no tiene competencia!, ¿ o vez algún otro metro en construcción? Concluyó el pasajero irónicamente.

Invariablemente todos terminaban por sumergirse en sus asuntos, pero siempre después del comentario diario respecto del saludo.

¡Estación Los Leones!, ¡Feliz santo los Patricios!, ¡y que tengan un hermoso día! …… ¡Ah, ¡hola jefe! Se alcanzó a escuchar por los parlantes y después un espeso silencio planeó por sobre los vagones.

Boris Quezada – supervisor y jefe de conductores cerraba tras de sí la puerta del vagón comando donde iba el conductor y con su mano derecha apagaba el control de los altavoces. Miraba fijamente a Daniel – el conductor en cuestión y le dejaba caer unas pesadas palabras como el granito.

¡Daniel! Se puede saber que … ¡crestas estás haciendo!

Trabajando jefe, solo trabajando – respondió un alto y delgado Daniel quién encorvado en el asiento no dejaba de mirar la vía.

¡Pero muchacho!, le dijo el jefe, ¡con tus famosos avisos de saludos, me están ahorcando en gerencia!, me dicen que debemos seguir el protocolo, que tenemos normas ISO, regulaciones y estándares internacionales, etc, etc.

Calma Jefe - respondió Daniel – no creo que unos saludos más afectuosos hagan daño a nadie.

¡No se trata de eso!, respondió Boris quien con su voluminoso cuerpo a duras penas pudo acomodarse en un costado del pequeño habitáculo.

Me explican los gerentes – siguió hablando Boris- que el efecto de cercanía con los pasajeros de nosotros "sus colaboradores" como les ha dado por llamarnos ahora, es nocivo para el negocio.

Daniel, con sus ojos azules más intensos ahora por la incomodidad creciente le respondió.

¡No entiendo! ,¿ a que se refiere?

Mira – dijo Boris – ni yo lo comprendo muy bien, pero el asunto es que como somos una nueva empresa, nuestra estructura administrativa no contempla ese tipo de regulaciones, es decir, los avisos.

Sigo sin entender – respondió Daniel

¡Mira de nuevo!, dijo el jefe, el asunto es que los pasajeros nos van a faltar el respeto en cualquier minuto, ¡imagínate una emergencia! ¡nosotros debemos ser fríos en ese momento para precaver la seguridad de todos, no de algunos ¿Entendiste?

Eso lo tengo claro – pero creo que no tiene nada que ver con la seguridad – refutaba Daniel calmado.

Esta vez Boris entrecerró los ojos y dijo casi silbando.

Muchacho, no se hable más me encargaron avisarte que estás suspendido una semana – y acto seguido salió a duras penas del reducido espacio.

Al salir vio como decenas de pasajeros clavaban su mirada en él, quizás de reproche o curiosidad, lo que hizo patente en él, una creciente incomodidad y apuró el paso para bajarse en la estación más próxima.

Un cabeceo intermitente acompañaba a los pasajeros quienes, veían reflejados sus rostros en las ventanas de los vagones. Entre ellos Daniel cumpliendo su segundo día de suspensión, quien medianamente resignado iba como un pasajero más.

El convoy iba a la velocidad acostumbrada y las miradas de las personas buscando evitarse divagaban en sus propios universos, el ingreso del tren a una estación vino acompañado del regular y permitido

¡Estación Central! – sin ningún adjetivo más

El arribo de los carros se hizo silenciosamente en forma pausada….

Un brutal frenazo lanzó a muchos pasajeros de bruces, rodaron unos encima de otros, los que estaban sentados impactaron al que estaba en el asiento de el frente.

Las manos agarrotadas y enrojecidas de algunos que iban de pie y no soltaron las barras ni correas de sujeción, se confundieron con paquetes y mochilas que volaron de un extremo a otro. Ojos que comenzaban a amoratarse, dientes partidos, llantos y gritos de dolor eran el saldo de una repentina emergencia.

Las puertas se abrieron en el acto y un estampido de gente salió a borbotones al andén, el personal de seguridad fue rápidamente sobrepasado, algunos pasajeros de más edad fueron a sentarse en el frío piso, otros se agruparon a comentar lo sucedido.

Un grupo importante se fue al primer vagón a increpar al conductor y no menos con ganas de golpearlo.

El tumulto se detuvo en seco rodeando a un atribulado conductor quien arrodillado en el andén miraba hacia las vías en la parte delantera del vagón. Daniel con un pómulo hinchado se acercó a su colega y le preguntó.

¡Julián! ¿Qué pasó?.

¡Ay! Daniel ¡se cayó! ¡no pude hacer nada, respondió Julián con los ojos llorosos!

Daniel con la cara cenicienta por la impresión se arrodilló al lado de Julián y miró entre el andén y el vagón. Un bulto informe de un ser humano estaba atrapado entre las dos estructuras.

¡Dios Santo!, ¡un enrollado! – exclamó

¿Un qué?- dijo Julián-.

Daniel viendo el estado de su compañero lo levantó y alejó unos metros y lo sentó en las escalas.

¡Julián!, escúchame atentamente – mirando fijamente a su compañero.

Si, sí, sí - respondía sollozando Julián.

¡Tienes que ser fuerte! en este trabajo estamos expuestos a este tipo de cosas, un enrollado es cuándo una persona cae o se lanza a la vía y queda atrapado entre el vagón y el andén, no cae a las líneas ……. ¡y eso es una desgracia!

¿Por qué dices eso? – preguntó Julián.

¡Porque la persona queda viva! – le espetó Daniel.

Julián de un salto se incorporó y con una incipiente sonrisa comenzaba a correr hacia el lugar del accidente - ¡entonces hay esperanzas! – gritaba.

¡No!, ¡No! Le replicó Daniel atrapándolo con sus brazos y volviéndolo a sentar.

La persona queda viva mientras está enrollada – continuó explicando. Mientras este así vivirá, no sienten nada porque sus órganos están comprimidos y compactados. Pero una vez que muevas el vagón irremediablemente morirá. Todo sus órganos se soltarán y caerán muriendo desangrado. Lo malo es que la persona está consciente y sabe que va a morir, sólo puedes confortarla con algún cura o familiar.

Julián lo miraba con los ojos desencajados. Vio la multitud agolpada sin saber que hacer y los guardias tratando de contenerla mientras llegaban los paramédicos.

¿Tú puedes hacer eso? – .

¿Hacer qué? – respondió Daniel.

Confortar a la persona – concluyó Julián.

Ok, Ok, lo haré, lo haré – repetía Daniel y se dirigió al sitio del accidente.

Sus piernas estaban rígidas y envaradas por la tensión, sus pasos de plomo y sus largos brazos le abrieron paso entre la muchedumbre. En su fuero íntimo, deseaba que no fuera un niño, pues nadie está preparado para eso. Su identificación y porte le abrieron paso entre los guardias. Se puso de rodillas frente al menudo cuerpo y vio como una cabecita cana y ojos azules lo miraban con asombro, una anciana le sonreía casi sintiéndose culpable por el problema causado.

¡Hola joven!- le dijo. ¿Sabe usted?, me tropecé con la bolsa de las compras y me caí, ¡no sabe cuanto lo siento!, pero ¿el tren lo pueden arreglar no?

Daniel con el corazón partido y casi temblando le tomó la mano.

Señora, no se preocupe, el tren es lo de menos, son fierros, pero ¿cómo está usted? – dijo arrepintiéndose enseguida de una pregunta tan estúpida.

La ancianita lo miró atentamente y dijo, ¡es usted!, ¡por fin lo conozco joven!

Daniel sin entender le replicó ¿perdón?, no creo que nos conozcamos.

¡Usted es hermoso día!, le dijo – verá yo me llamo Sara y me encantó cuándo saludaba a la gente. ¡Reconocí enseguida su gentil voz!

Al borde del paroxismo emocional – Daniel solo musitó un gracias y repitió la misma pregunta.

¿Señora, como se siente?, e inmediatamente agrego un ¡lo siento! muy profundo, nuevamente arrepentido.

Mire joven, dijo la ancianita – yo tuve un hijo como usted, grande, buen mozo y se me fue con una niña al norte y nunca más supe de él, ni una carta, tarjeta de navidad, ¡nada!,- Ahora ya ve ¡yo no soy lesa!, sé que me estoy muriendo, tengo más de 80 ¿algo sabré de la vida no?

Así es señora – asintió Daniel.

Un último favor joven, repetía Sara ¿Podría no soltarme la mano hasta que vaya a ver a mi Diosito?, pues así me imaginaré que es mi hijo quien vine a despedirme.

Daniel desencajado apenas hablaba y lo que podía sentía que no era su voz.

Señora, lo que usted pida.

Acto seguido se acercaron los paramédicos y Daniel les alejó con un gesto. Al frente estaba su supervisor quien con señas le informa que moverían el vagón.

Asintió con la cabeza y sintió como la estructura se movía, él con la otra mano acomodó la cabeza de la señora, quien en una última frase le dijo

Hijo mío, no dejes de ser el reflejo de tu alma.

Los seniles ojos azules se apagaron y una cabecita cana reposó en la palma de la mano de Daniel, mientras su otra extremidad sentía como la mano de Sara apretaba fuertemente y después aflojaba quedando laxa en un recipiente de bondad.

Daniel consternado se incorporó y dejó que los paramédicos hicieran su trabajo.

De improviso se encontró a boca de jarro con Boris, su supervisor quien lo contemplaba fijamente felicitándolo por su acción.

¡Bien hecho Daniel!,¡muy bien hecho!.. ¿que terrible día, no?, le dijo fuertemente superado por la emoción.

Daniel inspiró, puso su mano derecha en el hombro de Boris asegurándose que le escuchara.

- No jefe, no … yo creo que fue un "hermoso día", entregamos paz a un alma solitaria,-dijo- y sin esperar respuesta giró sus talones caminando con los ojos brillantes a una salida iluminada por el sol de la tarde.

 

PABLO TELLO ROSALES

Enero 2007

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