Pasión a primera vista.

Llegó despampanante, como siempre, vestida de rojo, con un traje ajustado, muy corto y un escote hacia donde se dirigían las golosas miradas de los hombres, hay que tener personalidad para presentarse así, no es tan joven como se ve, yo no me atrevería, así a cualquiera la miran, comentaban envidiosas las mujeres.
Pensó escribir ese libro con un doble propósito: llamar la atención sobre ella y mostrarle a las mujeres cómo ser seductoras. Lo primero lo logró plenamente, lo segundo estaba por verse.
Debía atraer a sus lectores desde el título. Pensó en algunos, Ellos y yo, Seducción, Conquistados. Sin embargo, una amiga le propuso Pasión a primera vista y ése le pareció perfecto. ¿Y el contenido? Habló con un editor, no se preocupe, nosotros la ayudaremos. Y eso fue todo. Ahora debía presentar el texto al público.
La mayoría eran hombres, sus admiradores y amigos. Los había invitado personalmente con su coqueta sonrisa, prometiéndoles una celebración digna de una reina. Estaba segura que no faltarían, los tengo conquistados a todos, harían cualquier cosa por mí, hasta me comprarán el libro, estoy segura de ello.
Desde pequeña lograba todo lo que se proponía. Primero fue con su padre, lo tenía fascinado con su gracia y simpatía, luego con el resto de los hombres de la familia: hermanos, primos, tíos, abuelos. Sí, los hombres, me adoran, se decía una y otra vez. Lo que no lograba comprender era que nadie le había pedido matrimonio. Entonces pensó en el libro. Esto los hará ver que no sólo soy bonita, sino también inteligente.
La ceremonia comenzó con una introducción acerca del texto. Luego la autora habló sobre sí misma, leyendo algunos pasajes, previamente señalados. Se le ofreció la palabra al público. La mayoría tuvo expresiones elogiosas hacia la autora. El moderador dio la palabra por última vez.
Una conocida periodista preguntó si era cierto que el libro no lo había escrito ella sino un grupo de asesores que mantenía el editor.
La mujer se puso pálida, no supo qué contestar, se levantó llorosa, caminó un par de pasos y cayó de rodillas. Se desmayó… no… parece un infarto… pobrecita… que venga un médico, decían los asistentes queriendo todos ayudar. Quién sería la maldita que hizo esa pregunta no me siento bien ojalá me saquen luego de aquí qué vergüenza mejor que crean que perdí el sentido…
Sylvia Neira Lermanda.