Presencia de Gabriela Mistral en Quilpué, Tierra del Sol.

Luis Ossa Gajardo

En la década del 50 del siglo veinte, solíamos viajar en ferrocarril todos los veranos junto a mis padres y otros amigos rumbo a Los Andes, un viaje por lo demás entretenidísimo con trasbordo en Llay-Llay, el propósito de aquellos viajes era pasar unos días maravillosos en el hogar de Don José Huerta y Sra. Griselda, un matrimonio alegre y bondadoso de cierta edad. Su casa era amplia, construida por gruesas paredes de barro, circundada por fecundos viñedos y una gigantesca higuera, cuya sombra refrescante cobijaba al grupo de amigos que allí se reunía en torno a una grata amistad. Esta casa se ubicaba en la calle Uruguay en el antiguo Barrio Centenario, próximo a los extensos y gruesos muros que circundaban las antiguas ciudades del Valle del Aconcagua. Fue allí, precisamente en aquellos años, cuando me enteré que al lado de la casa de Don José vivían dos primas de Gabriela Mistral de apellido Godoy a las que tuve la suerte de conocer porque solían ir con frecuencia a la casa de aquel maravilloso matrimonio amigo de mis padres.

En el año 1976, nos comunicaron que una de ellas se encontraba internada en el hospital Van Buren por una penosa enfermedad. Entonces de inmediato acudimos con Laura Medina, mi esposa a visitarla, visitas que realizamos con frecuencia, porque nos hicimos cargo de la limpieza de sus ropas y de todas sus necesidades personales. Su hermana mayor por motivos de su trabajo en Santiago no podía acudir todos los días al hospital…

En esas circunstancias fue el reencuentro. Clara Luz Godoy Aherroja, prima hermana de Gabriela Mistral, Directora de un Liceo de Santiago, solía contarnos de las visitas de Lucila al hogar de sus padres cuando ella tenía unos trece años, visitas por lo demás sin ninguna otra connotación que no fuera de un carácter meramente familiar. Para ellas siempre fue la prima Lucila, la que el mundo entero conocía por Gabriela Mistral, la gran poetisa, gloria de Hispanoamérica, la Gabriela insigne, coronada de estrellas, la misma Lucila que hablaba a río, a montaña y a cañaveral.

En 1954, siendo un joven adolescente estudiante del Liceo Coeducacional de Quilpue, tuve el privilegio de ver a menos de 2 metros de distancia a Gabriela Mistral quién se dirigía a Santiago en el tren presidencial, después de un apoteósico recibimiento en Valparaíso por una multitud de niñas vestidas con delantales blancos. Niños y niñas que agitaron sus pañuelos con júbilo por la presencia de Gabriela, la errante viajera, de retorno a su tierra chilena. La acompañaban en este viaje el escritor, crítico literario y miembro de la Academia Chilena de la Lengua Hernán Díaz Arrieta (Alone), el Ministro de Educación Oscar Herrera y el edecán militar de S.E. Mayor Santiago Polanco

El paso del tren fue lento para que todos los estudiantes distribuidos a lo largo del andén la pudiéramos apreciar, hecho afortunado para nosotros ya que no tuvimos que sufrir ningún tipo de aglomeración. Recuerdo que ella se levantó de su asiento y se acercó a la ventanilla y alzó su diestra para dirigirnos el cariñoso saludo de llegada y de despedida a la vez. Desde aquel septiembre de 1954 han pasado 53 años, sin embargo, su imagen serena y señorial permanece viva en mi corazón.

Era la última vez que Gabriela veía con sus ojos su amada patria. Era un viaje triunfal en un barco que se detiene en cada puerto para que ella reciba el homenaje popular, el de la gente sencilla de su pueblo que tanto la admira y la quiere. En Santiago recorre las calles de la ciudad en automóvil descubierto y es aplaudida y vitoreada por cientos de miles de personas. Con el cabello blanco al aire, cubierta con un sencillo abrigo gris, responde a las aclamaciones agitando sus manos. La recibe el presidente de la república, Don Carlos Ibáñez del Campo, en uno de los salones de gala del palacio de la Moneda, desde cuyos balcones se dirige al pueblo. La poetisa habla de sus preocupaciones de toda la vida. De los niños desamparados, de la pobreza de los campesinos, de la miseria de la gente humilde, de la ignorancia que les es impuesta por los regímenes injustos. Habla de los chilenos que ella conoció en 1910, con palabras que el chileno de 1954 entendía muy bien y que no eran exactamente una profecía para las generaciones futuras. Era la voz de la tierra hecha con la sustancia del tiempo. Un viaje en gloria y majestad, distinto al viaje en 1922 cuando nadie la recibió. En 1954, Gabriela Mistral visita a Chile y recibe el más increíble homenaje, cuando es el mar el que le "pardea de uniformes": la flota chilena  sale a encontrar el barco donde ella viaja. Tiene como escolta a la fuerza aérea y al ejército. La reciben las escuelas con todos sus niños en la calle en Arica, Valparaíso y Santiago; tras ellos, la población entera. Entonces pudo regresar a los Estados Unidos con el corazón henchido de júbilo y del grato amor de su pueblo.

Quilpué, 27 de Julio de 2007.

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