MADERERÍAS DE AMOR EN LA NOCHE.

 

Cuento de Inés Zeiss Castillo

Primavera de 1958.

Venía de recoger agua en el lago de Ritza. Nuestra cabaña aledaña a éste había sufrido un desperfecto en sus cañerías y los valientes de la casa —mis hermanos y yo—, debimos acarrear varias veces el cristalino y caucásico elemento.

Esa noche, la luna experimentaba su más hermosa fase y creo que confabuló con las musas para que escuchara, a metros de distancia, una voz macilenta como la mirada de un enamorado no correspondido, que resbalaba, tibia, desde uno de los balcones del hotel.

Como debía bordear éste para llegar pronto a la cabaña de nuestras vacaciones, me apresuré a saber quién era. Pensé en un poeta, ya que en dos semanas que llevaba allí, pude ver a varios de renombre que elegían ese maravilloso lago para inspirarse, según eran los comentarios.

Pero este hombre que yo oía, no parecía un poeta cualquiera. De una de sus estrofas escuché algo así como: "peludos carnívoros, libros pipipaseiros". Mi mente voló a las altas ramas de los árboles que rodeaban las terrazas del hotel. No entendía nada, no hablaba sobre el amor. Entonces, no era un poeta.

De pronto, la brisa fresca de la noche hizo que yo estornudara. El hombre se asomó al balcón. Le oí preguntar algo en ruso.

- Yo sólo hablo español. Ud. parece que también – dije rápidamente..

Miró el balde que tenía a mi lado. Se quedó callado por un momento, como si pensara. De pronto la voz comenzó a recitar con una lentitud robada del silencio:

Y cuando esté recién lavado el mundo

nacerán otros ojos en el agua

y crecerá sin lágrimas el trigo.

Con mi candidez de los 13 años, pedí me escribiera ese verso, que pensé había sido dedicado a mí y al agua que traía en el balde. Abandonó el balcón. Pasó un largo rato y lo vi salir del hotel. Era robusto y sus ojos "de carnero degollado", como los definiría mi padre, y emanaba lo que ahora me parece, una arrolladora gentileza.

- Ésta será la última estrofa de un soneto, aún no tiene nombre y está dedicado a Matilde, mi bien amada. Yo les he llamado sonetos de madera, pues no tienen ni la rima ni la métrica de un verdadero soneto, pero como yo soy diferente, también mis versos son distintos — comentó.

Extendió el papel escrito y se despidió con una venia. Ahora lo veo como un niño grande, haciendo una maldad. Pasaron algunos días. Traté de verlo nuevamente y conocer a su Matilde, pero alguien dijo que se había marchado.

Pronto yo volvería a España con mi familia. Los años fueron moldeando mis gustos y acercándome cada vez más a la literatura. Una tarde supe que quien me regaló esos tres pequeños versos, era nada menos que el poeta chileno Pablo Neruda.

Muchos inviernos y veranos de amores tormentosos corrieron tras sus huellas, pero días próximos a la Navidad de 1971, vi por televisión al anciano monarca de Suecia entregándole el Premio Nobel de Literatura.

Reuní a mi familia y conté emocionada mi encuentro con el ganador en el lago de Ritza. Y mostré el papel en los que había escrito sus versos, que yo guardaba celosamente en un diario de vida de adolescente.

Comencé a leer sus poemas. Ansiosa buscaba el que me había dedicado –pues yo lo consideraba así – Recorrí bibliotecas, periódicos, compré incluso algunos de Chile, pero nunca encontré sus "sonetos de madera" como él los había llamado aquella noche.

Yo ejercía como dentista en Barcelona. Una antigua amiga de colegio llegó a verme a casa de mis padres en Valdoreix. Ella se había casado con un noruego y vivían en el sur de Chile, cerca de Chillán donde tenían un precioso campo. Me aventuré a pedirles si podía ir con ellos una temporada. No tuve mayores problemas, un par de trámites en el consulado; hice mi valija y dije adiós a los míos bajo la lluvia de febrero.

Marzo, ya terminaba el verano en Chile. Estuve en casa de mis amigos y a finales de mes viajé a Santiago. Visité muchos lugares, más ninguno me brindó el calor suficiente para vivir en la capital.

Fue el 4 abril de 1975, cuando decidí viajar a Valparaíso. No pude encontrar nada sobre el poeta. Su casa en el Cerro Florida y la de Isla Negra estaban cerradas. Neruda había fallecido en 1973.

En aquel tiempo todo parecía oler a inquietud y lágrimas.

A pesar de ello, determiné quedarme en Viña. Desde las ventanas del departamento que he adquirido, el mar tan amado por Neruda llega a mi cada mañana, al medio día con el sol que rasga mis pensamientos, su canto de sal en la tarde y en el azul de la noche puedo rescata el rumor de las estrellas.

Una tarde, Amanda se incorporó al grupo con el que me reúno todos los viernes. Supe que a ella le gustaba leer. Comenzamos a intercambiar libros. En una de las visitas a su casa, me extendió un ejemplar diferente a los formatos normales. Sus tapas tenían las inevitables ojeras del tiempo. Bordado en negros caracteres se leía "Cien Sonetos de Amor" y en letras rojas se asomaba Pablo Neruda.

-Éste te va a gustar mucho- fue su comentario.

-Será el postre de varios días – contesté.

Me explicó que su marido, Fernando, estaba entre los que habían recibido el libro junto a varios suscriptores, junto a una carta de la comisión editora, fechada en diciembre de 1959. Una hermosa ilustración del pintor Nemesio Antúnez, su amigo, estaba también como regalo a los versos.

Ese atardecer busqué en cada uno de los poemas, que se habían numerado del I al C, el verso que me sabía de memoria. Y allí estaba. Era la última estrofa del número XCVI.

En aquel libro, estaban sus sonetos de madera. La obra fue dividida en: mañana, mediodía, tarde y una mano estrellada guió ese poema hasta la noche— donde le conocí.