El último amante.
Pilar García-Tello.

Dos sucesos marcaron su vida el mismo día. El primero ocurrió mientras se duchaba. Aún joven , su cuerpo recibía el agua caliente como una delicia. No obstante, en medio de su bienestar sintió un bulto extraño al enjabonarse el seno izquierdo. Se palpaba un bulto, algo como una bolita de aquellas con que juegan los niños, sólo que de un tamaño mayor. ¿Cómo no lo había notado antes? Era explicable, se bañaba sólo cuando aún quedaba gas en el balón y un baño corto para que el combustible durara lo más posible. Tenía horror al agua fría. Mantenía las ventanas cerradas, los muebles cubiertos de polvo y las ollas a medio lavar. Hasta su cabello lucía opaco, aún negro y largo. A los cincuenta años, abrumada por dos fracasos matrimoniales y por su incapacidad para emprender alguna empresa con éxito, decidió cerrar las puertas de su vida y encerrarse como una monja de claustro, tragando una amargura sin comentarios. No obstante, alta, blanca, de ojos negros y melena oscura, aún lucía hermosa. A veces, sin desearlo volvían a su memoria retazos del pasado.
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-¿Aló hija, cómo estás? Hace tus tareas y me las dejas sobre la mesa del salón para revisarlas. Volveré tarde. Un beso y adiós. – Luego, su madre cortaba la comunicación sin dejar espacio para escuchar su respuesta. Rara vez estaba en casa. Desde que enviudó, disponía de su tiempo participando en una intensa vida social. Vivía en reuniones o fiestas.
En aquel entonces su vecino habitaba la casa contigua. Se conocían desde niños y compartían las tardes mirando algún programa de televisión o bien ocupados en sus tareas. Ni siquiera se dieron cuenta de cómo ni cuándo sucedió. Surgió como algo natural.
- Mamá- murmuró- estoy embarazada.- La invadía un sentimiento de profunda ternura y pensó que ya nunca más estaría sola. Estaba feliz. Tenía catorce años.
Su madre era una mujer apegada a las más estrictas convenciones sociales, jamás se apartaría de tácitas reglas establecidas. Le advirtió que un médico iba a examinarla. Salieron. Colmaba su ánimo de contento el hecho de saber que ya tendría alguien por quién vivir. Se sentaron en la sala de espera. El hombre, tal vez un médico, luego de reconocerla, dijo a la madre:
-Pueden venir pasado mañana. –
Volvieron aquel ‘pasado mañana’. Un oscuro día en la vida de su hija.
Cuando regresaron a casa la niña volvió vacía. Se sentía sola y desgarrada. Vacía de cuerpo y alma. Ya no era una muchacha. Era una mujer melancólica, más aún, triste, muy triste… Durante mucho tiempo invadió la casa un llanto en la oscuridad…
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Aquella época había quedado atrás y aunque más tarde logró tener una hija, ya nada fue igual. Su matrimonio con el vecino, duró sólo lo que dura una primavera. Ya no eran los alegres jóvenes de antes. Algo se quebró definitivamente entre los dos.
Después de su fracaso decidió volver a estudiar. Aún era joven. Sabía a la perfección el idioma inglés y se matriculó en un curso de intérpretes. Se recibió con honores aunque jamás logró trabajar en su especialidad. Aquellos estudios sólo fueron útiles para conocer a su segundo marido. Cuarentón, cesante, su único bien era aquella lengua extranjera. Después de dos años buscando trabajo en vano, partió a conquistar nuevos horizontes a Estados Unidos sin retornar jamás.
Luego de su nueva decepción, emprendió la tarea de crear un jardín infantil. Había recibido una pequeña herencia e invirtió todo aquel capital en la empresa. Hizo pintar la casa por dentro y por fuera y adquirió cantidades de sillas, mesas y pizarras para el salón de clases, además de lavatorios y tazas para los baños. Contrató una educadora de párvulos y convirtió parte de su casa en escuela, pagando los altos impuestos legales para su funcionamiento. Todo el dinero de la herencia fue consumido en su afán. No obstante, ningún niño llegó a matricularse. Había hecho promoción de su colegio sin hacer un estudio de mercado y percatarse de que cientos de escuelas eran sus competidores. La empresa fue un fiasco y no le restó un peso.
Así fue cómo llegó a recluirse. Hacía cinco años que no salía. Ahora su compañía consistía en su hija, que aún iba al colegio, y tres gatos que jamás salían de casa. Permanecían siempre encerrados en la cocina, invadiendo el recinto con su típico aroma, ya que ella, entre sus muchas rarezas, temía que escaparan y no regresaran. A nadie abría la puerta.
A pesar de todo, un día uno de los gatos arrancó al patio y se vio obligada a seguirlo. No
alcanzó a atraparlo y dos manos fuertes y velludas, a través del muro, se lo entregaron en las suyas. Era aquel amigo de su juventud al que nunca había vuelto a ver desde que tuvo el accidente. Lo recordaba como si hubiera sido el día anterior...
Iban juntos, él le enseñaba a conducir, de pronto perdió la dirección y el poste de alumbrado pareció venirse encima. Hasta ahí llegaron. Su madre no volvió a prestarle el vehículo y nunca más le permitió ver a su acompañante. En aquella época era un muchacho flaco y pálido. Ahora el que le pasaba al gato en sus manos era el mismo, pero convertido en un enorme gordo, alegre y conversador, casado, separado. Fue un bello encuentro.
Aquel fue el segundo suceso ocurrido durante el mismo día.
Su antiguo amor entró como un huracán en su vida, abriendo las ventanas de la casa y las puertas de su existencia y ventilando aquella morada cerrada durante años. Pintó los muros con colores alegres, sacando el polvo de las mesas y renovando los muebles.
Se había separado y se ganaba la vida como chofer de una empresa de ácido sulfúrico. Debía transportar enormes cantidades del producto conduciendo un camión del centro al norte del país a una velocidad mínima. Su sueldo lo entregaba a su mujer. Los viáticos los dejaba para sus propios gastos. Estos viajes duraban de siete a diez días.
A su regreso le preguntaba con entusiasmo–-¿Qué quieres comer hoy? Soy un excelente cocinero. Te prepararé comida china. Vamos a comprar los ingredientes al mercado- agregaba y sin consultarle la empujaba a acompañarlo. Poco a poco la hizo cambiar su ritmo de vida. En la cocina, él mismo lavaba las ollas hasta dejarlas brillantes. Despachó los gatos al patio y a la hija la trasladó de dormitorio. Así pudieron dormir juntos, como lo soñaron en su adolescencia. Dormían abrazados como si tuvieran miedo de despertar y encontrar que el sueño se había desvanecido. Los fines de semana almorzaban en algún restaurante y luego iban al cine o paseaban por la orilla del mar. Ella se dejaba atender. Había renacido.
Durante una de sus ausencias, fue al médico a hacerse una mamografía. Apareció "la bolita". Era ya un tumor de cinco centímetros. La biopsia dio un resultado positivo: cáncer. Debía someterse a radioterapia y luego al proceso adecuado, operación y quimioterapia. Cuando regresó su pareja, la encontró triste. No obstante, con su avasallador temperamento le dio ánimos y fe en una pronta recuperación. Había logrado tener una vida casi normal, atrás quedó el encierro y la amargura. Hasta la primavera parecía sonreír.
Un viaje más y dentro de quince días estaría de regreso. Entonces harían nuevos planes.
Fue a controlarse otra vez, tal como el médico le indicara.. Se descubrió una metástasis en el pulmón izquierdo. Cuando regresó su amante la encontró en el hospital. No logró salir. Un mes después murió.