En las exequias de Don Ernesto Livacic Gazzano
Viernes 1 de junio, 2007
En nombre de la Academia Chilena de la Lengua, don Ernesto, traigo un recado de afecto, de admiración y de reconocimiento por quien fuera usted entre nosotros y por cuanto realizara en sus quehaceres de modo tan prolijo y tan impecable, todo lo cual autoriza a calificar su persona como heraldo del trabajo bien hecho, de cabal señorío en el trato dispensado a todos, ejemplo de claridad y orden en sus clases y exposiciones, y un convencido cristiano que supo reconocer en su Señor el bien supremo y la meta a que le acercaban los pasos del tiempo.
Usted era tan confiable y de sólidos principios que nadie tenía oportunidad de equivocarse respecto de su persona. En sus palabras puso espíritu y en los actos, decisión de servicio. Al buen decir que le escucháramos en discursos y conferencias unía esa insuperable lectura, motivo que me llevara a tenerle el mejor lector del país, sin rezagar las sabias explanaciones de textos literarios y la perspicacia de atender la voz interior de los libros que prologara. En usted los pensamientos crecían robustos, sanos, juiciosos. A las premisas y antecedentes las acompañaba de conclusiones de indubitable pertinacia.
Desde 1983, al incorporarse en calidad de miembro de número, nuestra corporación le tuvo como integrante activísimo. Fue el primer vicedirector de la Academia; secretario; presidió la comisión de literatura, la que entregara el fruto de trabajos antológicos: Poetas de la academia, Cuentos de académicos, amén de la coordinación suya del libro bilingüe de poemas de Gabriela Mistral y Cecilia Meireles. Supimos, entonces, de su orden metódico en la asignación de tareas y en el recabar información necesaria para dar perfecto cumplimiento a lo encomendado. Por si fuera poco, recibió a varios académicos de número y correspondientes, pronunció discursos en juntas públicas y preparó textos en recuerdo de académicos fallecidos, en las celebraciones eucarísticas en el día del idioma.
Trabajar con usted significaba estar amparado de la mejor orientación. Lo mismo puede afirmarse de sus clases universitarias, especialmente de Literatura Española Medieval. Para siempre nos hizo gustar de El Cid y de Celestina, lo mismo de Berceo y el Arcipreste de Hita. Porque la severa exigencia tenía fundamento de honestidad y de solidez con que convencía a quienes estudiábamos con alguna distracción inicial.
Hace algunos meses emprendimos la tarea de preparar su amplia bibliografía, texto que fue creciendo hasta alcanzar muchas páginas que, afortunadamente, contaron con su aprobación. Durante tres meses nos escribimos con frecuencia y, por supuesto, será usted el primero en enterarse de la próxima publicación de aquel ordenamiento bibliográfico en nuestro boletín. Y porque ese trabajo de pesquisas múltiples colabora en trazar de usted una semblanza más justiciera que estas escasas palabras, me gana la alegría de saber que, al menos en ese aspecto, el tiempo no nos pasó de largo.
Como recordará, le encargué la preparación de un cuaderno en torno a don Hermelo Arabena, trabajo al que accedió con gusto. Usted me dijo que daría cumplimiento de esa tarea a mediados de este año. Sin embargo, a principios de marzo me sorprendió al avisarme del término casi total de su trabajo. Como le dijera que no se preocupara y se tomara el tiempo que estimase suficiente para completarla, me respondió con rotundidad serena: "El tiempo ya se agota". ¿Premonitoria aseveración? De cualquier forma, una vez más su palabra empeñada no defraudó. Usted, Don Ernesto, fue siempre reconocible. Sus promesas, sus textos, sus actos se le parecieron con atildado acento de caballero.
Y esa caballerosidad de cristiano auténtico la ofrendó en beneficio de todos. Compartía la divisa conductual de don Quijote, que es "hacer bien a todos y mal a ninguno".
Son tantos los motivos que, en su nombre, debemos agradecer al Señor quienes le conocimos. Generaciones de estudiantes, instituciones y escritores pudieron contar con esa su presencia activa y generosa. La Academia Chilena de la Lengua vive una tristeza alegre en su partida. Triste, porque dejamos de contarle entre los próximos; alegre al saber de su presencia crecida en el trabajo y en la orientación que le fueron distintivos. Alegre, es, también, la tristeza nuestra, porque habiendo sido heraldo de la palabra, ahora es plenamente acogido por el Verbo.
Cierto, don Ernesto, también supimos de sus tristezas, de las zozobras padecidas a propósito de la enfermedad y fallecimiento de su señora; y de los progresivos quebrantos de salud suyos, sólo que usted aminoraba los énfasis del dolor y los depositaba en sus oraciones. De tal espíritu enhiesto también deberíamos aprender, porque es enorme lección esta de sumirse para mejor alzar el vuelo y dejar inactiva toda pesadumbre.
¡Qué bueno haberlo conocido, don Ernesto! Quienes confiamos en que la última palabra de la existencia es Vida, nos puede acongojar su inmediata ausencia, pero aprenderemos de usted—no lo dude—de esa robustez de espíritu que supo templarse en la misión de servir, de enseñar y de atreverse a ser, nada más ni nada menos, que todo un hombre.
Juan Antonio Massone
Miembro Academia Chilena de la Lengua