Cuentos de Esteban Valenzuela.

Al fin y al cabo
Las cajas de leche conversaban en la góndola del supermercado, una de ellas era tremendamente presuntuosa y le comentaba a la otra que estaba contenta con estar en un local del barrio alto, al menos iba a ser bebida por gente de bien. La otra en tanto, no le prestaba atención a tan simples conjeturas. Vino una mujer, las tomó a las dos y las echó en el carro. Cuando ingresó a la cocina, la mujer tomó una y se la regaló a su nana. La mujer en la tarde la guardó en su cartera, viajó en un bus, y llegó a una población donde en una mediagua, estaba su guagüita recién nacida. Calentó al fuego un poco de leche y se lo dio, ella y su hija durmieron contentas. La otra fue abierta al día siguiente, para el almuerzo. La cajita presuntuosa esperaba lucir su sabor en tan refinados paladares, pero fue utilizada sólo para hacer puré. Al cabo de una semana, se descompuso, y fue desechada. La metieron en una bolsa negra, y lanzada al interior de un camión recolector. Cuando fue descargada entre una cantidad enorme de basura, rodó hasta parar al lado de la otra cajita. Esta última sonriente, le dijo - mira donde nos vinimos a encontrar.
Desahogo
Aquella noche en nuestra habitación, no soporté más lo que tenía contenido, sin mediar palabras de provocación me levanté de la cama -donde tantas otras veces hicimos el amor- y entonces te maldije por quererte tanto, te recriminé con airada pasión que no eras merecedora de mi cariño, te grité una y otra vez, que odiaba el haberte conocido. No me interesaba en ese momento lo que tú sentías, yo necesitaba volcar todo ese torrente de rabia, ofuscación, ese malestar que me ahogaba, llevaba varias noches sin lograr conciliar el sueño. Impotente al no poder controlar ese torbellino de emociones que sólo tú me provocabas, quería ahogarme en mi lamento. Luego con la voz entrecortada y lágrimas en mis ojos te confesé que a pesar de todo, no había noche que no pensara en tí, y que mis esfuerzos por tratar de olvidarte sucumbían en el intento, lo que cada vez me provocaba más daño. Te miré a los ojos como implorando una respuesta, pero tu retrato no respondió.