Manos de terciopelo.

Pili García-Tello.
Juan Santibáñez, el ladrón, había cumplido su condena de un año y un día por cometer el asalto a una farmacia. Salió pronto por su buena conducta anterior. En realidad, solamente sucedió que había sido detectado por primera vez. Lo de la “buena conducta” era bastante dudoso. Ahora venía saliendo de la cárcel y se dirigía a su domicilio.
Mientras tanto, don Gilberto dueño de una camioneta Susuki, se afanaba por abrir la puerta de su camioneta herméticamente cerrada, pues la única llave que poseía para hacerla partir había quedado en su interior.
-Hija, vaya a conseguirme un alambrito -dijo a su hija menor.
Era su último día de veraneo en Viña del Mar con su esposa y su hija. Guardadas dentro
del vehículo ya estaban las maletas y el resto de sus pertenencias. Estaban a punto de subirse al vehículo y abandonar la ciudad cuando se dio cuenta del problema que lo aquejaba.
Metió el alambre dentro de la cerradura. Lo movió, procurando enganchar el pestillo.
El asunto no era fácil. Después de intentarlo en repetidas ocasiones en vano, exclamó irritado:
-No hay caso –Hija, pídale a la señora de la casa el líquido W-40. A veces resulta con eso.
Colocó el líquido en la chapa y volvió a meter el alambre, no obstante, tampoco dio resultado. –Creo que vamos a tener que pernoctar aquí una vez más -dijo, ya francamente irritado.
Justo en ese momento, por la misma calle transitaba Juan, el ladrón. Había alcanzado a observar los esfuerzos de don Gilberto por abrir la puerta de la camioneta. Fue entonces cuando sugirió:
-Caballero, tal vez yo pueda ayudarle.
En su desesperación, don Gilberto aceptó la proposición del desconocido.
-Señorita, tráigame una pitilla, por favor -dijo Juan, dirigiéndose a la niña.
De manera indescriptible, logró meter el delgado cordel por una mínima rendija de la ventana y, con movimientos balanceados lo fue haciendo descender hasta llegar al seguro. En ese momento, desde afuera, le hizo un nudo y tiró. Al instante, el seguro subió y la puerta se pudo abrir de inmediato.
Don Gilberto quedó estupefacto.
-Dígame cuánto le debo.
-Señor, no es nada, sólo que debido al calor, le agradecería me lleve cerro arriba en la camioneta, hasta la iglesia de piedra, cerca de mi casa.
-Si, entre, por favor -contestó don Gilberto.
-Espérenme, ya vuelvo -dijo dirigiéndose a su mujer y su hija.
Partió la camioneta, conducida por don Gilberto y su acompañante, repleta de maletas, un televisor de 14 pulgadas, artículos de playa, un congelador con sándwiches para el camino y canastos con cuanta cosa se les había ocurrido comprar a las mujeres en las ferias de artesanía. A medida que avanzaban en el trayecto, don Gilberto comenzó a sospechar de su acompañante.
–Con qué facilidad abrió la puerta. Debe ser ladrón de automóviles -pensó.
-Tantas cosas que llevo -se decía. -¿No irá a sacar un cuchillo al fin y me hará entregarle todo?
El hombre iba sin decir palabra. Don Gilberto iba nervioso, aunque sin demostrarlo.
-Capaz que ese bulto que lleva en el bolsillo sea un revolver -pensó.
El trayecto era largo. De pronto el hombre se metió la mano al bolsillo.
-Ahora si que estoy condenado -se dijo don Gilberto, cada vez más nervioso.
En ese momento el hombre estornudó. Alcanzó sacar el pañuelo del bolsillo y taparse la boca.
-Estos resfríos de verano son cargosos -exclamó.
Habían llegado a la llamada Iglesia de piedra.
-Hasta aquí llego yo -dijo.
-Permítame entregarle mi agradecimiento -dijo don Gilberto, ya aliviado, extendiendo un billete de diez mil pesos.
-No, por ningún motivo -reclamó Juan.
-Hasta luego, entonces y gracias.
Ya de regreso, con su familia embarcada en la camioneta, camino a la capital, don Gilberto llegó al recinto de cobro de peaje. Abrió su billetera. En ese instante se dio cuenta: faltaba un billete de veinte mil pesos.