La inválida.

Pilar García-Tello.

¡"Tráeme un vaso de agua!¡Arregla la manta! ¡Recoge la revista que se cayó al suelo! ¡El café está frío, caliéntalo de nuevo!" Eran algunas de las órdenes habituales que daba durante el día.

Amaneció un día sin poder caminar y ahora postrada en su silla de ruedas desde hacía dos años, se había convertido en una persona difícil. Después de someterla a toda clase de tratamientos, los médicos lograron comprobar que su caso no tenía remedio: jamás caminaría.

Tampoco los chamanes, ni las machis que consultó lograron restablecer la marcha de sus piernas. Nada se podía hacer. Era como si ella se sintiera más realizada en su estado de postración que si fuera sana.

-¿Era psicosomático?- Nadie habría podido asegurarlo.

Obviando la permanente irritación de la enferma y su trato despótico, una joven la cuidaba con paciencia infinita. Además de bañarla, le daba sus medicamentos, la vestía y peinaba, la entretenía leyéndole, trasladaba su silla de un lugar a otro de la casa y la ayudaba en mil detalles.

Antes de retirarse, la cuidadora la dejó sentada frente al ventanal del salón que daba a la calle. Afuera llovía y la inválida se quedó mirando el agua que bajaba en pequeños surcos por los cristales. De pronto, al mirar a través del vidrio fijó su vista en la joven. Le llamó la atención un gesto de su marido.

-No puede ser cierto.- se dijo.

La ayudaba a subir al auto con una familiaridad que ella jamás advirtió en su presencia y una vez dentro, la besaba. Luego encendía el motor y ambos partían al centro como una pareja de enamorados.

Sin saber cómo, se levantó de la silla y caminó.

La cocinera la vio pasar a su lado y se quedó sin habla. Cuando logró sacar la voz, exclamó:

-¡Señora, qué está haciendo!-

Pero ella no contestó y salió dando un portazo.

Caminando se dirigió a la estación. Cinco cuadras la separaban del lugar. Mojada por la lluvia, caminaba en estado de trance. En su médico de cabecera encontraría refugio. Él comprendería. Sí. En él encontraría alivio a su tormento. Faltaban dos minutos para que el tren apareciera. Cuando lo vio, esperó que se acercara. Sus poderosas luces iluminaron el andén. No obstante, en el último instante, un irrefrenable impulso la empujó a cambiar su decisión.

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Encontraron su cuerpo despedazado y un reguero de sangre tras el riel.

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