P R I N C I P I O S D E U N H U M A N I S M O C R I S T I A N O

R E N O V A D O R

L u i s O s s a G a j a r d o

En medio de la actual diversificación tecnológica, logros científicos y en un mundo externo de confort pleno al alcance de muchos, el hombre zozobra en su cosmos interior.

El vertiginoso ritmo, el consumismo y la pérdida de valores esenciales cobran nuevos rumbos y sentidos a la vida, el hombre se siente perdido en un vacío universal creando oscuras cadenas para su propio tedio y frustración. Olvidando los valores del espíritu, labra en esta hora el sello de su propia esclavitud.

Vientos de adversidad de origen infrahumano, extraño y oscuro, pretenden derribar las columnas axiológicas del espíritu humano. Veleidades, egoísmos utilitarios, envidias y rencores dan origen en el pequeño entorno a necios conflictos, en una mayor dimensión, caos, hambres y guerras a nivel internacional.

Odios, resentimientos, intrigas, agresiones y rencillas se gestan en la frustración e insatisfacción del hombre, quién suele derramar sobre otros la amargura de su desdicha, creando una atmósfera hostil en su propio hogar o en el área laboral.

En medio de tal circunstancia, una brisa de esperanza sopla sobre la angustia del corazón del hombre – tantas veces, zona oculta y desconocida, centro de amargura, males, deshumanización y realidades distorsionadas - . Reconstruir la primigenia, sencilla y pura dignidad del hombre, es la ardua tarea del humanista de hoy. Rehuír de los elementos alienantes del mundo moderno, y obtener una visión espiritual vital y refrescante sin la ayuda de Dios no sería posible. Volver los ojos al Creador no es fácil para una humanidad fuertemente agnóstica y egocéntrica, sin embargo, constituye la fórmula única para lograr un armónico eslabón entre el mundo exterior y el mundo interior de cada individuo.

Los ecologistas del espíritu humano no se reúnen en magnas cumbres, sin embargo, hacen confluir sus altos ideales y nobles acciones para evitar la degradación interna del individuo y propende la ruptura de todas las cadenas que atan a la moderna esclavitud al hombre pisoteado en dignidad y derecho.

Entendemos por humanismo toda disciplina que reafirme el respeto y el amor al ser humano, en materia y espíritu, contemplando potencialidades, limitaciones, derechos, obligaciones, miserias y grandezas, y, considere lo que al individuo concierne como ser concreto y real a fin de elevarlo desde el fondo entrañable de su naturaleza humana al trascendental destino por el cual fue creado, es decir, alcanzar en una iluminada percepción la cumbre más alta y extrema de su ser en torno a un reino dignificante.

Diferentes humanismos han sido desarrollados a través de la historia filosófica: humanismo existencialista, antropocéntrico, científico, burgués, ético, moderado, utópico, clásico, estético, renacentista, socialista, reformista, cristiano.

El humanismo al que aspiramos hoy en día, es aquel que supere las diferentes connotaciones, étnicas, sociales y económicas. Y que, en una fresca savia y en su nueva concepción tenga por base la convicción profunda de la transitoriedad terrestre de todo ser humano. Y bajo los aleros de una superior esencia logre centrar su visión en sentimientos de amor, caridad y fraterna unión universal, evitando, de este modo, toda tentativa discriminatoria de razas, credos, e ideologías.

En estos días en que el hombre sufre de una tenebrosa gama de enfermedades del pensamiento y un pernicioso cáncer de sus sentimientos, propugnamos por un humanismo que rompa las cadenas opresoras y derribe los muros divisorios entre los hombres.

Los títulos de nobleza son oscuros recuerdos de la historia, sin embargo, el hombre, ufano aún, eleva su cabeza por los destellos académicos alcanzados o tesoros acumulados. Lamentablemente pocos logran armonizar su sabiduría o riquezas en servicio humilde hacia el género humano.

"Cuánto tienes, cuanto vales" parece ser la regla establecida por la farsa de la vida. El status socioeconómico, aquel "progreso" o "éxito" tomado tan en serio por los hombres y cuyos efectos destructivos recaen sobre sus propias almas, constituye la "gran muralla china" que ha dividido, a través de su historia a esta humanidad "La vida no consiste en la abundancia de los bienes que el hombre posee", divinas palabras del dulce maestro de Nazareth, sabias palabras que nos señalan que la avaricia es el signo externo de una angustia interna por asirse de la materia como mágica fuente de felicidad.

Valorar al hombre por la riqueza de su espíritu, por el sentido que da a su vida y por los naturales dones que el cielo le ha concedido ¿no es acaso mucho mas inteligente?, ¿por qué el continuo pensar de los hombres que lo insustancial y perecedero constituyen los valores supremos de la vida en su breve paso por la tierra?

Aspiramos a la comprensión, al entendimiento y a la interrelación humana en un ámbito prístino consistente en paz, tolerancia, belleza y cultura. Un humanismo abierto al celeste cielo del mediodía, que haga imposible desde las sombras, la salida del hombre lobo en acoso permanente contra el ser humano de por sí atormentado.

Ha llegado la hora de dejar de ser autómatas: seres de sentimientos dormidos en la red de una rutina. El tiempo ha llegado para hacer examen de conciencia, de revitalizarnos. Es hora de impregnarnos de la sustancia metafísica de la tarea humanista, liberando al hombre actual de sus desdichas neuróticas y absurdos complejos alienantes. Es hora que el hombre no destruya su propio yo al destruir el de los otros, porque el origen de todos los conflictos y de todas las disensiones está en quedarnos en la ebriedad de los afanes cotidianos, en la pasión por los surcos de la tierra sin elevar nuestros pasos hacia una dimensión celestial y divina.

En nombre de la fraternidad el hombre ha fermentado el odio contra el hombre. "La sombra de Caín pasa" expresó bellamente el poeta andaluz. Es hora, para aquellos que dicen amar y al mismo tiempo odian a sus adversarios, de purificar las conciencias a la luz del haz universal.

Es necesario crear entornos constructivos, cálidos, acogedores. Las cadenas de intrigas, envidias y veleidades son frutos de la infravida y enfermedades del espíritu humano.

Nuestra responsabilidad en el marco de la justicia, de la ética, y del amor fraterno es levantar al hombre en la degradación que ha caído; perfilando los modos de ser, de vivir y saber convivir en una atmósfera de cordialidad y cultura.

El humanismo fija sus ojos en la vida de principio a fin. El contemplar al recién nacido despierta en nosotros gozo y asombro frente al misterioso don de la vida; el anciano desvalido con la riqueza de sus años nos impulsa a la admiración y al profundo respeto. Ambos necesitan nuestra protección y ambos nos hacen reflexionar que nuestra voluntad no tiene participación con nuestra venida a este mundo y contra nuestra voluntad inexorablemente nos dirigimos hacia los misteriosos brazos de la muerte.

Receptivo a pensamientos trascendentales originados en la región inmanente del ser y en una visión holística, el hombre tomará conciencia de sí mismo, reafirmará su propia dignidad en nuevas concepciones de un mundo más humano…un mundo mejor.

Por su esencia antropológica este humanismo cristiano que propugnamos ha de estar presente en todo proceso liberador y abierto a las posibilidades del desarrollo humano, tanto en sus aspectos individuales como en el orden universal. Sin armonía no hay desarrollo, sólo división entre los hombres, por tal razón los resentimientos y otras nieblas del alma han de ser desterrados. En su lugar el humanismo propicia al diálogo sincero y permanente entre los hombres; un ambiente agradable, culto y optimista donde nos toque vivir y/o trabajar. Un rincón feliz en este mundo donde las relaciones humanas en plenitud se fortalezcan.

 

 

Quilpué, Junio de 1992.

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