Homenaje al Pueblo Originario
N O C H E

Luis Ossa Gajardo
Cuando en la ciudad las ondas apresuradas del espíritu comienzan a reposar y las pasiones irreflexivas de los hombres se visten de ausencias bajo la vehemente serenidad de la noche, en el campo la densidad de las sombras bajo un manto de astros celestes entrega sus mejores soplos para el reposo del espíritu del hombre. La conciencia, entonces, enciende su lámpara y traspasa los secretos umbrales en los surcos de una secreta y profunda verdad.
El Toqui Leucomán tranquilo y silencioso observaba en la ruca los últimos estertores de su lámpara, que sus propias manos hábilmente habían construido.
Un silencio majestuoso invadía los profundos senos de la noche, sólo algún ladrido de la jauría o lamento del viento lograba quebrantar la quietud de la noche. La luna, soberana de la noche en los campos de la Araucanía, reflejaba su resplandeciente dominio sobre los bosques y la extensa pradera. El búho vigía de las sombras, con sus tintes oscuros, observaba con sus pupilas penetrantes y escrutadoras a través de sus giros circulares todo el entorno de su reino nocturno.
Leucomán salió sigilosamente de su ruca, tratando de no despertar a la tribu en búsqueda del sustento familiar. La caza era el nativo oficio traspasado de generación en generación. Su aljaba, arco y flecha constituían los mortíferos elementos de apoyo, su pupila y la destreza de sus manos: la precisión. Sin embargo, la búsqueda del sustento no era la única y principal misión. Debía encontrar entre la húmeda vegetación, la fresca y rosada pulpa de un mágico fruto: el alemaup, semejante a una fresa, cuyo zumo debería beber su esposa rigurosamente antes del amanecer. Millaray estaba enferma... y aquella preocupación era para él un mal sueño, un sueño angustioso, real y penetrante que lograba estremecer de honda pena su noble corazón.
Su hijo, Lemún, de apenas de 7 de años de edad no le pudo acompañar pues quedó al lado de su madre, humedeciéndole sus febriles y resecos labios con el líquido misterioso que la Machi preparara el día anterior. Era un niño ágil y robusto digno de su estirpe, de la tribu y de la exuberante tierra que le vio nacer. Sus ojos oscuros y pequeños, vivaces e inquietos en otras circunstancias, reflejaban una profunda y serena tristeza. Los contornos de una oscura y amarga nube cruzaban por su inocente bóveda, cubriendo de sombras la tierna sangre infantil.
Millaray está enferma- Millaray ¡No morirá! – he de hallar lo que la anciana Machi Lealay me ha indicado como única cura para el extraño mal que aqueja a mi amada- repetía con profunda y agitada esperanza.- un fruto, sólo uno bastará- Nubes, lluvias, tierras impregnadas de humedad no me detendrán jamás.
Las tierras del sur, nobles y generosas con sus extensos ropajes de lluvias y nieve, con sus vientos siempre desafiantes, otorga a sus gentes influjos heroicos y corazones elevados de afectos que no logran detener los propósitos que surgen desde la cálida esfera del alma.
Cruzó abruptas tierras, cañadas abiertas y oscuros valles tras la pócima milagrosa que sanaría el cuerpo enfermo y debilitado de Millaray. En tanto recordaba a su mujer en los días de su esplendor juvenil, hermosa época de la existencia humana, cuando la barca del sueño surca tiernas esperanzas y bellos ideales. De una tribu diferente y lejana había conocido a la hermosa Millaray cuando ella tenía apenas unos 12 años. Con su arco y aljaba, desnudo el dorso, Leucomán se iniciaba en las prácticas como un hábil y juvenil cazador. Cruzaba en aquel entonces la extensa y verde pradera cuando ambos se detuvieron y contemplaron con una lenta, larga e inmutable mirada, transfiriendo en ésta los primeros sentimientos del amor... sublimes instantes en que aún la pasión no desata la furia de sus flechas desbocadas. Ambos se acariciaron en una dulce y tierna mirada. Volvería a verla constantemente al reunirse las tribus lejanas y vecinas bajo el imperio supremo de la tierra y la sangre, continuamente mantendrían, a través de la mutua contemplación, encendida la tea en que por vez primera sus pupilas reflejaron el júbilo inefable de una profunda dicha de un amor sincero y único que ataría para siempre dos vidas en una sola. Millaray había crecido, grácil y esbelta, el sagrado aliento de las estrellas había puesto en aquel cuerpo vigoroso y armónico la gracia que sólo se manifiesta como una luz gloriosa en las tempestades adversas.
...Un cuerpo blando y ágil se movió de pronto detrás de unos matorrales de peumos y maquis. Era un hermoso ejemplar de ciervo rojo que plácido pastaba bajo los últimos resplandores de la luna. Vibró la flecha bajo el cielo que comenzaba a reflejar en las escasas nubes los tintes de sangre de una nueva aurora, nunca había errado y esta no sería la excepción, la flecha había dado en el centro del corazón del bello animal entregando el último aliento sobre los verdes pastizales. El corazón de Leucomán saltaba de júbilo por el éxito de su caza- es la ley de la vida, decíase en su interior -la muerte da vida- Hoy habrá sustento por unos cuantos días.
.Leucomán se acercó a la ribera del río Toltén y de sus límpidas aguas bebió y lavó sus manos, se sentía satisfecho. Su noble alma cazadora se regocijaba por el meritorio desempeño de su nocturna cacería. Habían transcurrido las dos primeras vigilias de la noche y en la última Leucomán debía hallar presurosamente el alemaup, cuya grandeza natural habría de salvar a Millaray que se debatía entre el tibio arco de la vida y las frías fauces de la muerte. De pronto hallóse frente a los pies de un monte, creyó ver en la claridad de la luna –más allá de unos tupidos zarzales- un pequeño arbusto del cual suspendía el anhelado fruto. Si difícil había sido hallarlo, obtenerlo no sería menos fácil, pues exhausto debía ascender
un largo y escabroso trecho. De su piel brotaban algunas gotas de sangre que las espinas de las frondosas zarzas en sus ásperos roces le habían causado, las que para Leucomán no tenían importancia. Un gran fuego ardía en su corazón e impulsaba su roja médula y suprema resolución.- ¡Ah! fruto sencillo y prodigioso, tierno y exótico...eres mío. Su palabra se hizo soberbia y audaz. De pronto entre las sombras, saltó un ágil y vigoroso puma que se interpuso entre el fruto y el Toqui. Una roja esfera fugaz e incandescente cruzó los cielos...aquella extraña incursión celeste detuvo la ferocidad del puma e hizo fraternizar hombre y animal.
Bajó triunfante la escarpada cumbre, respirando un fresco aire de profunda satisfacción, en sus manos llevaba una preciosa carga de esperanzas, sin embargo, su rostro reflejaba el estremecimiento de las luchas que sostenía en su interior, porque el tiempo – ligera ave que suele arrancar siempre los nobles propósitos y sublimes ideales- avanzaba por sobre los latidos misteriosos de una vida...
El astro de la vida comenzaba sus primeros giros bajo la bóveda celeste en aquella mañana otoñal en las húmedas tierras del sur. Tierras de castaños y avellanos, cerezos y tiernas frondas, entre cuyas montañas y valles se destacaba la majestuosa Araucaria, hermana del canelo: el árbol sagrado, morada de la aurora y esperanza del noble e indomable pueblo Mapuche. Lloicas, zorzales, queltehues, jilgueros y tórtolas iniciaban el himno de gloria al Supremo Hacedor.
.La sangre de la aurora vencía la solemne noche y el fruto que llevaba en sus manos, el ansiado alemaup perdía sus pigmentos...comenzaba a marchitarse con los primeros rayos que surgían desde el arco luminoso del oriente.
Una nube de inquietud y tristeza cubría la Tribu. Al ingresar a la ruca, su tierna esposa Millaray intentó dar un impulso para abrazar al que regresaba jubiloso de la caza, reservaba para el amado los últimos latidos... de su intenso amor.
Tres Copihues rojos sellaron el rumbo hacia la eternidad.
Y el Toqui vigoroso, resuelto y duro, capaz de enfrentar la fría y oscura noche, invadido por el inmenso dolor, comenzó a llorar.
En la red de sus venas una noche oculta comenzaba a latir...