HIJA DEL VIENTO
LAURA MEDINA ESPINOZA
Todos los días Galindo salía a medianoche a la panadería donde trabajaba y regresaba en la mañana a su hogar cansado y con sueño después de la ardua jornada. Llegaba siempre con dos kilos y medio de sabroso pan francés para el desayuno de su numerosa prole.
Azucena la hija más chiquita, se levantaba muy temprano a esperar a su papá para abrazarlo y darle besitos, ¿Papito me trajiste pancito? -le decía su hija- , porque su padre todos los días traía para su hija menor un pancito especial en su bolsillo llamado copihue, eran unas marraquetitas pequeñas y muy ricas típicas en la zona sur, lo que hacía muy feliz a su niña.
¡El desayuno está listo! Exclamó la mama Rosa, mientras su papá iba a descansar a la habitación…y mamá Rosa recordaba a sus pequeños hijos que estuvieran en silencio porque papá Galindo necesitaba dormir.
Corría y corría en la casa la niña Azucena, de cabellos oscuros y ojos café, mientras cantaba su canción preferida. Papa Galindo, que estaba tan cansado por la ardua jornada, enojado exclamó a gran voz: ¡callen a esa niña que no deja dormir!, pero ella seguía jugando. Al escuchar la voz de su padre fue corriendo hacia él y en su inocencia le preguntó: ¿papa de quién soy hija yo? y el padre que sólo quería dormir le contestó: ¡tú, no eres mi hija, tú eres hija del viento! Azucena quedo triste por eso y corrió desesperada hacia el patio, sin embargo los truenos que comenzaban a sonar la hicieron quedarse dentro de la casa. Mamá Rosa le decía que tuviera cuidado con tropezarse y que no se acercara al brasero que habían encendido por el duro invierno del sur, de húmedas tierras y fuertes vientos. De pronto una luz iluminó la casa, era un rayo que anunció la lluvia que caería en breves instantes. La niña detuvo su carrera y se acurrucó junto a la cama, sin embargo, al poco rato corría de nuevo por la amplia galería, pero ahora le seguía su hermana Violeta, el entusiasmo era tal que Azucena ya no cantaba, sino que sólo reía y reía.
Mamá Rosa sentada en su silla de totora tejía los últimos remaches en su telar apretando con el nideo de hueso de ballena la frazada de lana pura de oveja que había empezado hace ya un mes, para regalarlo en el día del cumpleaños precisamente a su hijita Azucena.
La casa construida por doble adobe y vigas de pellín, ventanales protegidos con cierre de madera y barrotes de fierro, puertas con doble tranca y un techo de tejas, era la habitación espaciosa que servía de protección a la familia de los crudos inviernos del sur.
Atravesando un pequeño corredor se hallaba la cocina con el fogón en una esquina, al centro una mesa larga y baja que en ocasiones se utilizaba para la preparación de longanizas, y arrollados, algunas sillas de coligüe eran utilizadas por los más pequeños de aquel hogar. En las paredes se ubicaban grandes estantes y la callana que aún tenía restos del trigo dorado para la harina tostada del mes, que su hermano mayor Jacinto, debía moler.
Trenzas de ajo, cebollas colgadas en alambres y zapallos cosechados de la huerta se entremezclaban en esa vieja cocina que tenía algo de mágica.
A orilla de la mesa larga y baja estaba la olleta de fierro que se utilizaba para freír las ricas sopaipillas que mamá Rosa preparaba para acompañar el mate. Una de las tres patas de la olleta estaba suelta a punto de desprenderse. Mama Rosa la había dejado allí para freír las crujientes sopaipillas que todos esperaban para devorarlas con ansias en aquellos días de intensas lluvias. Azucena de pronto irrumpió en la cocina, rozó la olleta y ésta cayó con gran fuerza al suelo. Asustada miró al suelo y con espanto sólo vió dos pedazos de fierro: ¿Qué puedo hacer? ¡la olleta se destruyó entera, como si la hubiese roto el viento! -pensó la pequeña- y por dentro su corazoncito se asustaba y Violeta ya viene…mmm ya sé!!!…Y en un dos por tres Azucena levantó las piezas, las unió y las dejó en la orilla de la mesa, corrió y se escondió tras la puerta. Azucena apenas contenía su respiración. Violeta entró y en un movimiento involuntario rozó y botó la olleta que Azucena, astutamente había dejado sus dos partes juntas….Azucena salió de su escondite y gritó a toda voz. -¡rompiste la olleta…te voy a acusar a la mamá!!…Muy asustada Violeta decía a Azucena que se quedara callada, pero ya era muy tarde para la pobre hermana, porque ya mamá Rosa había escuchado toda la batahola generada en la cocina. Después de todo el alboroto Mamá Rosa y Papa Galindo castigaron a la inocente Violeta y Azucena quedó libre de culpa.
Como Violeta fue castigada por tres semanas, Azucena jugaba sola y se aburría mucho, porque estaba acostumbrada a jugar con su hermana, así que un día, arrepentida y llorando, contó a sus padres que ella "la hija del viento rompió la olleta". Su padre, se conmovió y le dijo: ¡Tú no eres hija del viento, eres mi hijita! y la abrazó fuerte. Se sintió querida y como hija del viento no tenía culpa… le levantaron el castigo a su hermana Violeta y volvieron a jugar juntas y a correr como locuelas por la amplia casa del sur.