El hallazgo.

Pili García-Tello.
Sucedió en 1988, justo después del plebiscito del "Si" y el "No".Había ganado el "No". Por supuesto era un "No" a la dictadura. Sucedió en Chile, en un pueblo del interior.
El Manolo era el jardinero de mi abuela, cuidaba el jardín y la hortaliza con esmero. Vivía a la vuelta de la loma, a unos tres kilómetros de la casa patronal. Pese a sus muchas obligaciones, a pedido de su mujer, una tarde después del trabajo, se hizo del tiempo necesario para plantar una mata de romero en su propio terreno. Cuando empujó la pala contra la tierra sintió que chocaba con un objeto duro. –Debe ser una piedra -pensó. Con la misma pala hizo la tierra a un lado. Para su desconcierto, no apareció una piedra, sino los restos de la cabeza de un ser humano. Aún se lograba delinear su perfil. Al continuar removiendo la tierra, comenzó a asomar el esqueleto. Estaba bien conservado. Así mismo su ropa. Podía verse aún parte del claro cabello que tuvo en vida, aunque sucio por el polvo y la humedad.
Lo primero que se le ocurrió fue avisar a carabineros. Era un pueblo chico. Fue al cuartel. Lo recibió el cabo de guardia y además un sargento. Después de relatarles lo que le había sucedido, caminaron hasta el lugar del hallazgo y se acercaron a ver el cadáver. Habían conocido al difunto. Reconocieron su cabello, sus dientes, una cicatriz en la mano derecha y su ropa, un sweater verde, ya descolorido, ahora atravesado por dos agujeros en el pecho. Sus pantalones tenían un color indefinido. Aunque parezca increíble la cicatriz se marcaba hasta en el hueso de la mano. No cabía duda, el muerto era don Julio, el marido de doña Eduvigis, obrero de la construcción, al que todos en el pueblo conocían por Lulo. Era el que desapareció durante la dictadura, al que tanto buscaron y nunca pudieron encontrar. Había sido un tipo, trabajador, honesto y amante de su familia. Se juntaba los sábados por la tarde a jugar brisca con sus amigos. De carácter tranquilo, adoraba a su mujer, a la que había conocido de calcetines, como vecina del barrio. No tuvo otra novia. Cuando cumplió 22 años y tuvo pega, se fueron a vivir juntos. Primero a una pieza. Después arrendaron una pequeña casa en las cercanías, donde aún vivían hasta el momento en que fue detenido. Cuando nació el segundo hijo, se casaron. Nunca se metió en política. Se consideraba demasiado ignorante para ello. Creía que los políticos eran gente con muchos estudios. La noche en que los militares llegaron a su casa, eran ya las dos de la mañana. Toda la casa estaba en silencio. Patearon la puerta y cuando se lo llevaron, le dijeron a la mujer que lo llevaban sólo para interrogarlo, que regresaría al día siguiente.
Nunca regresó.
El sargento recordó que había sido compañero suyo en la escuela primaria. Lo recordaba delgado, de tez clara y mirada transparente. De eso hacía bastante tiempo. Sus hijos ahora tenían 2 y 3 años.
Vino el juez de la ciudad más cercana. Mandó llamar a la viuda. Lo reconoció. -Sí, es él -dijo estoica, en voz baja, sin llorar. Ya había llorado demasiado. El juez levantó un acta y ordenó trasladar el cuerpo del difunto al Servicio Médico Legal. Después de cumplir con los trámites reglamentarios, la mujer tuvo que irse. Debía regresar a hacer el pan amasado que vendía cada día desde que, sola, sobrellevaba la crianza de sus hijos. Cuando terminó el proceso de reconocimiento, el difunto fue trasladado a la iglesia. Doña Eduvigis, sus hermanas y parientes ofrecieron una misa por el descanso de su alma. Rezaron por él. Asistieron también el sargento, el Manolo y su mujer. Lo enterraron, como Dios manda, con dignidad. Los niños pusieron flores en su tumba. Doña Eduvigis una vez más debió regresar pronto a su casa. Continuaba amasando pan de lunes a viernes y vendiendo empanadas sábados y domingos. Era su destino.
(piligar1@gmail.com)