EN VALPARAÍSO

Inés Zeiss Castillo

A Pedro Ubiergo y su Libro "SI"

 

Aquella tarde de invierno

en la senda junto al parque,

mi sombra encontró en la lluvia

el beso que olvidaste darme...

Fui aquel invierno tu musa

junto a "ellos" los poetas

y la rima de tu nostalgia cubrió

la huella de mis tormentas.

Me llamaste capricho SI

en luz y en sombras

y en tus romances de insomnio

mi paraíso SI, fue tu Valparaíso.

Fui hechicera en otra vida,

y de pescadores, su sino

y en un vaso cristalino,

tu Alfonsina... prohibida.

13.10.2007.

HORAS DE INVIERNO.

Poema de Inés Zeiss Castillo

Tiempo de poda, áureas colinas,

las verdes horas cuentan su historia

deslucido el horizonte se enamora

olvida el tiempo de hoy y las germina.

El fuego entalla de un leño su cintura

se cubre de helechos el manantial que aflora,

suspendido el musgo en los hilos de la niebla,

la calle ríe con aromas y premuras.

Al color de una rosa conocerme le anima,

la voz del ocaso se inclina y me invita,

mi mano como invernal flama crepita,

y su savia y la mía... enrojecen espinas...

 

Convenio

Por Inés Zeiss Castillo

A Lucía Lezaeta Mannarelli

Aquel viernes hice un convenio con el muchacho cartonero que se abastecía de material en el negocio de la esquina. Yo aportaba pequeñas cajas y él dejaba la que ocupaba la gatita coja para paliar el frío de sus tristes sueños.

Muchos viernes se sucedieron y ambos respetamos el convenio.

Sin embargo, aquella tarde, no llegué a tiempo para dejar mis cajas, y él se llevó la del animalito. Esa tarde comenzó a llover.

¿Quién dijo que sólo los gatos son traicioneros?

 

CANDIL DE PRIMAVERA

De Inés Zeiss Castillo

A José Tomás, mi nieto.

Se abre el sendero en la cañada,

anunciando el latir de dos fraguas,

y en esta primavera enamorada

un vagido brota entre araucarias.

Generosa recibe su alborada

un canto de azahares en la piel,

palomas en el viento lo acarician,

lo arrebola el brebaje de una miel.

Mensajero de amores ancestrales

como candil un rostro se esfuma,

trae el misterio cautivo en sus ojos

y predice el sabor de la espuma.

Esconde de las brisas sus secretos,

voces y vuelos sin frontera alguna

y en la balanza de un austral soneto,

trae, la más bella luz de la luna.

01.10.2007.

LA PEQUEÑA PIANISTA.

Por Inés Zeiss Castillo

A Gabrielita y Oscar Cubillos B.

Ese lunes salí del departamento a las diez y cuarto de la mañana. Como era mi costumbre bajé a pié los seis pisos que me separaban de la calle. Mi corazón se hizo pequeño al escuchar a Mozart y su Flauta Mágica por las escalas del edificio.

Pronto estuve de regreso. Pregunté al conserje quiénes eran los nuevos vecinos.

- No ha llegado nadie nuevo señora Carmen, dijo éste.

-¡Ah! entonces hay visitas en el cuarto piso. Escuché tocar el piano en el departamento de la señora Marcela.

- Ella está en el norte y no vuelve hasta el verano. Debe ser alguien que puso un CD y eso se escucha como si el pianista estuviera al lado de uno, respondió

Por el pasillo a casa me recibió Beethoven. Bajé. La música venía de allí, del departamento que según el conserje estaba sin moradores. Y ese alguien que terminaba de interpretar Para Elisa, lo hacía maravillosamente.

Me apoyé en el muro del pasillo y estuve largo rato escuchando cada una de las piezas que salían de ese piano con soltura y sentimiento inimaginables. Miré el reloj y comencé a caminar de vuelta a casa.

La música cesó y sentí que era observada... Volví la cabeza... De unos nueve años, menuda, pálida, y una sonrisa de gran felicidad. Su vestido era celeste y blanco. Su pelo tomado graciosamente en un moño chignon.

- Hola, ¿Eres tú la que toca el piano? -¿Dónde aprendiste a tocar tan lindo? ¿Estás en el conservatorio? ¿Cómo te llamas? - La pequeña comenzó a retroceder... creo que la asusté...fueron muchas mis preguntas. No temas, subo a casa ahora, ¿puedes tocar un poco más para mí, por favor?...

Sin mirar atrás, volví lentamente al departamento. Al subir las escalas, Chopin hizo que me devolviera a horizontes lejanos. Entré a casa y no cerré la puerta para seguir escuchándola. Con las campanas del reloj familiar anunciando las doce y media del día, aquel piano volvió a su silencio de siempre.

La pequeña se había ido. Seguramente era la nieta de alguna amiga de la señora Marcela y ésta le prestaba el piano para que la niña ensayara. Cerré la puerta y comencé a preparar algo para comer.

Durante las tres semanas siguientes no volví a escuchar ese piano.

Aquella tarde del lunes cuando volvía de una reunión de fin de mes, el conserje se acercó y me preguntó:

- Sra. Carmen, ¿se acuerda qué día escuchó tocar el piano en el departamento de la Sra. Marcela?

- El primer lunes del mes —- miré mi cuaderno— sí, el día 8, tuve reunión del club. ¿Por qué?

- Sabe, me dijo susurrando, ese día, el lunes ocho, la señora Marcela tuvo un accidente y falleció al mediodía. Hoy en la tarde llegó la hija. Le conté que Ud. había escuchado tocar el piano a esa hora y me dijo que por favor subiera a hablar con ella.

A pesar de no haber sido su amiga sentí pena. Tenía un carácter difícil, no le gustaba que la visitaran y tampoco frecuentaba a nadie del edificio.

Toqué el timbre. Me identifiqué y le manifesté mi pesar. Su hija tomó de mi brazo y preparando café para ambas, conversamos sentadas frente a un precioso piano. Su madre lo tocaba desde pequeña, y por su gran talento la habían becado en un Conservatorio en Salzburgo a los nueve años. Confidenció también lo de un accidente antiguo en que su padre perdió la vida, y su madre la movilidad de una de sus manos.

-Después de eso, todo su mundo cambió, se vino del norte, compró este departamento y se encerró en él. Sólo visitaba en Viña a un par de familiares - terminó diciendo la mujer.

Me atreví a preguntar a que hora había sido el accidente. Me contestó que a las diez de la mañana, sin embargo ella falleció a las doce y media.

- A pesar de lo terrible de su accidente -dijo la hija- ella siempre estuvo sonriendo.

La mujer tomó un álbum de fotografías de una mesa cercana, y lo abrió.

Allí está, la pequeña vestida de celeste y blanco, sonriendo feliz en la puerta del Conservatorio de Salzburgo.

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