Un caballo en las nubes

Patricio Portales Coya.

Tendido sobre la arena tibia, miraba pasar las nubes. La brisa y el compás musical de las olas en la orilla envolvían mis sentidos. Tenía catorce, casi quince años. Las gaviotas jugaban sin molestar y de tarde en tarde, el sol se posaba en mi rostro con sus dedos leves y suaves. En invierno la playa es especial, es solitaria pero acogedora, un mundo casi puramente onírico, me parece un poco irreal pero, es rico.

Esas nubes, unos estratos poliformes, gatillaban mi imaginación, veía aquello que quería ver. Pensaba en chicas jugando desnudas y aparecían para luego disolverse y volver a aparecer. Pensaba en partidos de fútbol y veía los jugadores corriendo tras la pelota, luego desaparecían. Pensaba en buques a vela y llegaban surcando el cielo para disolverse lentamente. Estando en este juego imaginé, o creí ver un caballo galopando subiendo rápido desde el sur… No se disolvía, se definía más y más, era nítido como una película de cinerama. Luego vi a su jinete, era un joven como yo, blandiendo una bandera que flameaba ruidosa con el viento. El caballo se detuvo bruscamente allí cerca, en el cielo frente a frente a mis ojos perplejos. El bello animal blanco, que lucía cola y tusa negras, alzó sus patas rampante. El jinete tomó la bandera azul con las dos manos y deteniendo su flamear, me la mostró. La hermosa tela tenia escrito en letras blancas:"La poesía te convoca". Acto seguido me arrojó la bandera que se disolvió en el aire. Dio un rápido golpe de riendas y el caballo se lanzó al galope, trazando una trayectoria que me pareció un ocho tendido… Después se alejó directo hacia el horizonte. El sol, que ya bajaba a posarse en el ocaso, emergió triunfante entre las nubes y me dio su rayo anaranjado justo en los ojos. Los cerré, me quedé un buen rato pensando en esas nubes que me habían regalado tan bella y extraña fantasía. Me fasciné con la facultad de imaginar... ¿Tendría limites?.

Caminando lentamente rumbo a mi casa, buscaba un significado para la frase que me mostró el joven jinete. El animal era eso, un caballo, y no era un Pegaso ni un Unicornio, era un caballo soberbio pero real. Al llegar, mi madre me esperaba con un regalo anticipado de cumpleaños, enviado por mi tía Zulema: "Rimas completas de Gustavo Adolfo Bécquer".

Paporcoy

Patricio Portales Coya

Algarrobo - 2007