¿Ha visto usted un bosque?

Lucía Lezaeta Mannarelli.
En reiteradas ocasiones, mi nieta de cuatro años, se ahogaba en las noches con una tos asmática que a todos nos quitaba el sueño y la energía para levantarnos al día siguiente.
El veredicto médico fue razonable: deberíamos vivir algo más alejados del mar, pero no en medio del aire contaminado de la ciudad llena de autos ni en pueblos de clima muy árido. Ojalá en las colinas cerca de un bosque.
Nos dimos entonces a la tarea de buscar casa que se acomodara a esas condiciones y a nuestro presupuesto ya que estábamos dispuestos a comprarla inmediatamente. Tanta era nuestra urgencia.
Viña del Mar es una ciudad encantadora y, por nada del mundo, querríamos vivir en otra. Posee oficinas, bancos, notarías, supermercados, hospitales, clínicas particulares, buenos colegios, universidades, restoranes, Municipalidad, etc.
Se nos transformó en absorbente tarea de todos los domingos revisar el listado de los corredores de propiedades y partir días enteros a inspeccionar casa por casa.
Algunas eran muy antiguas, requerían un dineral en reparaciones. Otras quedaban demasiado lejos, casi en el límite con Quilpue. Regresábamos cansados y desalentados y, lo peor, aún no vislumbrábamos bosque alguno…
Tuvo que transcurrir más de un año para que ¡al fin! Diéramos con una Villa en construcción en las lomas de Reñaca. Algunas casitas ya estaban terminadas.
De un piso, independientes, de ladrillo princesa, teja colonial, antejardín, entrada de auto, patio interior, tres dormitorios y dos baños, modernas y limpias. Calles pavimentadas y tres líneas de movilización. Se veían encantadoramente mononas y, ¡oh, maravilla! Rodeadas de bosques por los cuatro costados…
Eucaliptos, pinos, aromos, litres, cipreses. Bosques de eucaliptos coronaban las colinas, quizás hasta álamos. Imaginábamos sus nombres ya que la distancia no nos permitía identificarlos plenamente. Follajes, copas como poemas verdes, hojas de tonos amarillo a verde oscuro o café dorado. Olor a bosque enjoyado de pájaros. Cerrazón profunda y compleja de vida misteriosa. Aire enrarecido de silencio, quebradas con extrañas vertientes naturales que alimentaban arbustos y matorrales desconocidos.
Fue un amor como un balazo. Tuvimos que esperar comiéndonos la impaciencia, que se terminaran todas las construcciones mientras llenábamos papeles, papeles y papeles.
Nos adjudicamos la casa piloto. Una esquina en lo alto con vista a cuatro calles y al Camino Internacional. El Colegio para la nieta estaba a cinco cuadras y allá lejos el mar…
Fuimos los primeros habitantes en ese idílico lugar, Nos aferramos al limpio ambiente ajeno a cualquier conflicto. Los primeros meses conocimos inesperados visitantes Una noche en plena entrada a la puerta de calle nos esperaba una inmensa araña pollito que casi nos causó infarto. Al colgar la ropa en el patio un verde lagarto mimetizado con las hojas me dejó espantada por su tamaño. Y bajo las plantas se escondían pequeños conejos grises venidos desde los cerros que se asustaban con el ruido de las máquinas niveladoras del camino.
Despertábamos con el canto de los pájaros y nada estridente alteraba la armonía. Golondrinas anidaban en los aleros. Un viejo, a orillas del camino, mantenía un destartalado establo. Salía a repartir casa por casa legítima leche de vaca. Todo absolutamente auténtico pues los animales pastaban tranquilamente por las tardes en nuestras veredas. Todo estaba cerca, la ciudad, el mar y el bosque.
Pero había un ojo infalible que no descansaba…
Sin ninguna oposición las grandes inmobiliarias comenzaron a comprar y comprar terrenos y lomas enteras fueron adquiridos a bajísimo costo.
Comenzó entonces el bosquicidio.
Desde la mañana las máquinas aserradoras talaban, cortaba, asesinaban flora y fauna. Camiones enormes circulaban por las antes tranquilas calles, acarreando troncos muertos. Exhaló el bosque su última fragancia a madera antes de expirar… Las colinas quedaron desnudas, desnudas, desnudas…
Ahora, desde aquí contemplo edificios y edificios. Jaulas de cemento de cinco pisos. En las ventanas se asoman niños como flores secas. Ellos no saben, no sabrán jamás que viven sobre miles de astillas. No escucharon el gemido de la madera que ciñó el silencio ni el batir de las alas de los zorzales que perdieron su almohada de fronda. Hoy el viento azota cruelmente desnudos muros de edificios con el frío del alba.
¿Ha visto usted un bosque?
El mío ha desaparecido del horizonte de mi comprensión.
www.rincondelarte.cl