Las ardillas olvidadizas.

Pili García-Tello.
Una gran cantidad de nueces habían caído del nogal. Las ardillas Ana y Cora recogieron todas las que pudieron. Comieron hasta más no poder. Cuando se hartaron, hicieron un hoyo en la tierra y enterraron el resto allí, en el bosque. Luego, taparon el hoyo con hojas y tierra y se fueron a dormir. Lo malo del caso fue que al día siguiente no recordaban dónde las habían enterrado. Por todas partes había hojas y tierra. No tenían ninguna señal.
-Me parece recordar que están justo debajo del nogal -dijo Cora.
Cavaron la tierra en aquel lugar, pero nada apareció.
- Creo que están a dos pasos del eucalipto -exclamó Ana.
Hicieron otra excavación allí, no obstante encontraron sólo tierra.
Ambas meditaban e intentaban recordar - ¿Dónde estarán las nueces? Sin embargo nada recordaban. En ese momento vieron al mono en lo alto del bosque, saltando de rama en rama, de un árbol a otro, lleno de energía, feliz.
– Creo que el mono se las robó -dijo al fin Ana
– Sí -añadió Cora
De pronto escucharon un ruido poco habitual en aquel bosque. Lo producía el Señor Jabalí que cavaba la tierra con bríos. Al parecer su olfato le decía que algo se ocultaba bajo esa hojarasca. Al rato, comenzó a sacar un montón de nueces del agujero.
Las ardillas corrieron hasta quedar al lado suyo.
-Estas nueces son nuestras -dijo Ana
-Todas -reafirmó Cora
El señor Jabalí las miró como diciendo -¿De dónde salieron estas atrevidas?
Y se los dijo: -¿De dónde salieron ustedes a reclamar estas nueces que yo encontré?
- Nosotras las enterramos ahí anoche -dijo Ana
-Todas -repitió Cora
-Eso sería anoche, hoy las encontré yo. Por lo tanto, son mías - añadió el señor Jabalí.
Mientras discutían la posesión de las nueces, llegó el señor León. Le contaron el problema y el Rey de la Selva dijo: - Vamos a contar las nueces y las repartiremos en partes iguales. Y dirigiéndose a las ardillas les dijo:
- Ustedes deben entregarle la tercera parte de las nueces al señor Jabalí. Al fin y al cabo, él las encontró. Ustedes dos han sido muy descuidadas. No dejaron una señal y nunca las habrían encontrado si no fuera por el buen olfato del señor Jabalí.
A continuación comenzó a contar las nueces frente a los tres interesados. Al terminar se dirigió una vez más a las ardillas, diciendo:
-Hay noventa nueces. Por lo tanto treinta le corresponden al señor Jabalí.
-Tome señor Jabalí -agregó pasándoselas en un envoltorio.
-Ahora, envuelvan las suyas en una hoja y se las llevan. -dijo dirigiéndose a las ardillas.
Éstas agacharon la cabeza, recogieron sus nueces y se fueron al fondo del bosque, prometiéndose dejar una señal dónde las guardarían la próxima vez.