Amor por Internet.

Pili García-Tello.
A Juana Valverde, le sobraba tiempo para distraerse. De unos 30 años, vino a trabajar desde un pueblo del sur a la capital. Se desempeñaba como dependiente de farmacia. Sin embargo, llevaba una vida rutinaria. Más que su físico opaco, sin mayores atractivos, lo que la aislaba era su carácter tímido y retraído. La envolvía así la soledad. Otras más que feas, se pintaban, se teñían el pelo y sacaban partido de sus defectos. Ella no. Llevaba una soledad tranquila. Disfrutaba en las tardes mirando televisión, con los acontecimientos ilusorios de las teleseries y a la vez, tejiendo chalequitos para los niños pobres. Se identificaba con las protagonistas, su romántica vida de melodrama la hacía gozar y sufrir con ellas. Aunque sola, era feliz a su manera. No obstante un día, para salir de la rutina cotidiana y ver el mundo a través de otra pantalla, decidió después de terminar su jornada de trabajo, estudiar computación. Se aplicó con perseverancia al tema y, desde luego, aprendió a enviar y recibir mensajes. Un día apareció en su espacio “Recibidos”, uno de aquellos que llegan no se sabe cómo. Decía:
“Me gustaría mantener contacto contigo.” Firmaba “Cupido”.
Llevada por la curiosidad y amparada en el anonimato del mundo cibernético, tuvo la audacia de contestarle: “¿Por qué no?” Firmó: Amapola. Su seudónimo provenía de una de sus flores predilectas.
Desde entonces, al regresar a su departamento, después de la jornada de la tarde, se dirigía directo al computador, abría su correspondencia, donde no había nada más que el mensaje de Cupido. Comenzaba siempre llamándola “Querida Amapola”. Sólo aquel encabezamiento la llenaba de ternura. Se sentía inmensamente querida, lo que le sucedía por primera vez. Había sido una hija del rigor. Su madre nunca fue cariñosa. Su padre era un campesino rústico. La enviaron a trabajar a la ciudad para que enviara dinero a casa. Eran muy pobres. Aquella introducción,”Querida Amapola”, apagaba su sed de afecto y la embargaba un sentimiento de amor, de ser amada, que siempre quiso sentir y nunca logró. Su corresponsal se presentaba como un joven de 32, ingeniero químico, funcionario de una gran empresa, soltero, económicamente de buen pasar. Describía su físico como, rubio de ojos azules, más bien alto, ni delgado ni grueso. Ella mintió. Se describió a sí misma como joven de 21 años, morena de ojos verdes. Trabajaba como modelo, a veces, en algunos eventos y como guía en una empresa de Turismo en forma estable -dijo.
Las cartas de Cupido eran su compañía durante los fríos atardeceres del invierno. Sus cotidianas palabras fueron haciéndose cada vez más efusivas y más necesarias para Juana. La llamaba ya “Mi Amapola”. Ella inventaba toda clase de actividades como modelo. Como guía viajaba por distintos lugares, desde Viña del Mar a Isla Negra, o Valparaíso, la Ciudad Patrimonial -decía.
Su falsa identidad la protegía. Hasta le envió una foto de una bella mujer que encontró en una revista. Su oscuro “yo” vibraba sólo con la correspondencia de su amado “Cupido”. Sólo al recibir aquel aliento amoroso que los mensajes le brindaban, se sentía realizada como mujer.
También Cupido le envió una foto en que aparecía muy atractivo. Nunca le propuso encontrarse. Ella, por supuesto, no tenía ningún deseo de hacerlo. Si alguna vez, él lo sugirió, ella acertó con la manera de evitarlo. Pasaron así seis meses. Ya era un hábito en ella encontrar aquellos amorosos mensajes.
Un día regresando del trabajo, se apresuró, como de costumbre a encender el computador. Sin embargo, no aparecía en la pantalla mensaje alguno. Quedó estupefacta.
- Debe haber tenido algún problema -pensó.
-Revisaré los mensajes en un momento más -se dijo.
Al pasar la tarde, revisó una y otra vez los “e-mails”. No obstante, nada sucedía.
-¿Estará enfermo? -Se preguntaba con angustia. -¿Habrá sufrido un accidente?
-¿A quien recurrir? -Se decía. ¿Qué sabía de él? Sólo su nombre: “Cupido”.
-¿Y quién era Cupido? Su angustia se hacía cada vez más honda. Revisaba la correspondencia cada quince minutos.
No durmió aquella noche. Al día siguiente llegó pálida y demacrada al trabajo. Además, tarde, lo que no gustó a su jefe. ¿Cómo era posible que ella tan puntual siempre, llegara atrasada?
-Amanecí enferma -explicó ella. Lo que tenía bastantes visos de verdad. Estaba como enferma.
No pensaba en otra cosa, mientras atendía a los clientes. Sólo en regresar a su casa lo antes posible y visitar el correo.
Por fin dieron las 18.00 horas y pudo salir. Entrando a su casa fue directo al computador. Revisó el correo. Nada. Ni una palabra había allí.
Pasó otra noche devanándose los sesos, pensando en mil posibilidades para explicar lo ocurrido.
-Se echó a perder su computador, está enfermo, no tiene dinero para pagar Internet -se decía.
Pasaron los días, semanas que enteraron un mes desde el primer día del “abandono”.
Pues, sí. Se sentía abandonada. Desamparada. Sola. Mas aún, humillada. Burlada. Utilizada. A medida que transcurría el tiempo se fue ahondando su malestar, hasta llegar a convertirse en una honda depresión.
Ya no sabía qué hacer en las tardes. Las teleseries le parecían insulsas, anodinas. Había perdido interés en todo lo que no fuera revisar el correo. Se transformó en su obsesión.
En cierta ocasión, ya no fue capaz de asistir al trabajo. Faltó durante dos días.
Su jefe, alarmado fue a verla, golpeó la puerta del departamento, mas nadie respondió. Los bomberos entraron por la ventana. Encontraron el cuerpo de Juana exánime en el suelo frente al computador. Un hilo de sangre marcaba el tajo de su muñeca.