El Afilador de Cuchillos.
Se escucha el típico sonido do-re-mi-fa-sol-la-si, si-la-sol-fa-mi-re-do, de
la flauta que usa el afilador para llamar a sus parroquianos. Aparecen las comadres con
sus cuchillos desafilados y tijeras que no cortan ni el papel. Por una ventana
se asoma también un dormilón:- "¡Cállate viejo! que no me dejas dormir
con tus pitazos", le grita. Las comadres se
acercan. No son muchas. Solo tres. Una trae un temible cuchillo carnicero.-
"Es para mi marido"- le dice. La comadre se ve tan enorme y tiene un
rostro levemente agresivo. No se sabe a ciencia cierta si es para enterrárselo
a su marido o si es para que lo use. El afilador humildemente se lo recibe y casi con miedo le dice: "Son mil pesos."
La segunda trae una tijera -"Parece que es de Taiwán, porque no me duró
nada el filo."- dice. Luego la última le pide
una rebaja, porque trae media docena de cuchillos que no cortan nada. Para que
se los arregle. Daniel Carretero, el afilador, acepta. Desde hace 45 años que
anda con la máquina afiladora, por esos caminos de Dios. Solamente hay dos de
ellos en la provincia, su hermano y él. La máquina la heredó de su padre.
Tiene dos hijos y un nieto. Según él se sostiene en la vida con su máquina y
sin otro trabajo. De vez en cuando debe cambiar el esmeril. Gana más o menos
diez dólares al día. Trabaja en lugares populosos en Verano, donde hay
turistas y veraneantes. Más o menos en Abril, tiene que irse al interior.
Caminando y haciendo escalas, llega normalmente hasta el pueblo de Calera. Los
días de sol es un trabajo agotador, pero los días nublados lo pasa mejor. Me
pide mil pesos por afilar una tijera vieja y se va tocando su pito do-re-mi-
fa-sol-la si—si –la-sol-fa-re-mi-do. Se va feliz. Fin